miércoles, 13 de julio de 2011

Un año después, ¿somos más tolerantes?

Una de dos: o la Argentina tiene la clase política más heterosexual del mundo o la Ley de Matrimonio Igualitario corrió por izquierda a la sociedad, y los políticos gays y lesbianas hoy no se animan todavía a salir del armario.

Lo cierto es que desde la aprobación de la ley ningún político argentino de relevancia media para arriba se decidió a exponer sus preferencias sexuales abiertamente. Por más ley que haya.

Los efectos legales de la ley en materia de derechos civiles de gays y lesbianas son indudables. Pero: ¿logró profundizar el cambio de mentalidad que le dio lugar? ¿Alcanza la sanción del derecho al matrimonio gay como medida suficiente de tolerancia social hacia la diversidad sexual?

No necesariamente. México DF aprobó su ley de matrimonio igualitario pero México sigue siendo un país donde la persecución de la diversidad sexual es moneda corriente. Por el contrario, Estados Unidos tiene una fuerte militancia anti matrimonio gay y, sin embargo, cuenta con políticos gays o lesbianas populares.

Por eso vale la pregunta: ¿cuál es el mejor termómetro para medir la tolerancia gay de una sociedad? ¿Cuán gay friendly es la Argentina hoy?

Poco si se la compara con algunos países de avanzada al respecto. Se sabe: Islandia bate records con su Primera Ministra Johanna Sigurdardottir, la primera lesbiana en liderar un país. También es lesbiana la alcaldesa de Zurich y gays son los de Berlín y Hamburgo. Lo mismo el de París, Bertrande Delanöe. Hasta Estados Unidos tiene una alcaldesa lesbiana, la demócrata Annise Parker, que gobierna Houston con el 53 por ciento de los votos.

De eso no se habla

Por el momento, en la Argentina, el listado incluye muy pocos casos. Ahí están en Tucumán el concejal travesti Rody Humano y el funcionario Juan Carlos Lizárraga, que se casaron apenas aprobada la ley. Pero su relación no fue un coming out post ley.

La ex diputada nacional por el Partido Socialista, Silvia Augsburger, una de las principales promotoras de la ley, tiene una explicación para tanto silencio político. "Todavía no hemos transformado la experiencia personal de un adulto que quizás lleva veinte años en la política y tuvo su despertar sexual en una sociedad donde el tema era tabú. En las nuevas generaciones va a ser distinto", argumenta.

Alguien me habla de un gobernador gay. Otro, de un legislador de la Ciudad que se muestra con su pareja, siempre sin aclarar que lo es. El silencio es la opción. "Todos sabemos que sabemos pero ellos no lo dicen", dice Augsburger de algunos casos en Diputados.

"No veo por qué tienen que salir a decirlo", me comenta un destacado hombre de Pro. El funcionario vive con naturalidad la condición gay de algún legislador que no lo oculta pero que tampoco lo aclara. "No se toca el tema. Está totalmente aceptado", subraya.

El planteo es interesante: el silencio como la quintaesencia de la naturalidad con que se vive una situación. Sin embargo, cabe otra posibilidad: la invisibilidad como represión y, por el contrario, la visibilidad de la diversidad sexual como muestra de tolerancia.

Por el momento, parece difícil que los políticos gays y lesbianas encaren un compromiso con la causa al estilo del documento "Yo aborté" que en 1971 firmaron en Francia mujeres como Simone de Beauvoir y Marguerite Duras. Por ahora, "Yo soy gay" parece imposible como consigna política.

De hecho, en el debate parlamentario que precedió a la sanción de la ley, fue un hombre del espectáculo, Pepe Cibrián, y no un político quien le puso el cuerpo al impulso de la norma. También en primera persona habló, sí, un político, el diputado nacional Ricardo Cuccovillo, del Partido Socialista, que conmovió al auditorio al contar la historia de su hijo. Fuera del ámbito político, en cambio, el clima social que sancionó la ley dio mejores frutos: el diseñador Pablo Ramírez, el director del ballet del San Martín, Mauricio Wainrot, el cantante Pablito Ruiz, Marcelo Costa, un alto ejecutivo regional de Delta Airline, entre muchos otros, salían del armario a plena luz del sol, ante los medios.

"¿Casado?". "¿Sí?" . "¿Nombre de su esposa?" "Raúl". Costa sostuvo ese diálogo más de una vez. Se casó en octubre de 2010, después de 26 años de convivencia. "Al principio fue un shock para mucha gente menos abierta -repasa-. Pero un año después, la ley sirvió para cambiar la cabeza de la gente."

En el Colegio Nacional Buenos Aires, la tolerancia a la diversidad sexual no es un fenómeno post ley. Hace unos años, el presidente del Centro fue un chico gay. En 2009, el colegio tuvo por primera vez una Comisión de Diversidad. Fue una idea de dos alumnos, una chica lesbiana de 18 y un chico transgénero de 17 que habían sido novios cuando él todavía se sentía mujer. "Con [Horacio] Sanguinetti, estaba prohibido que se tomaran de la mano. Pero hoy ves en la puerta del colegio o en los pasillos chicas o chicos del mismo género que están de la mano o por ahí se dan un beso", dice Felipe Venancio, del Centro de Estudiantes del Colegio. Según sus propias estimaciones, habría un chico o chica que reconoce abiertamente su condición cada dos divisiones.

Para la ex diputada socialista, otra prueba del progreso del último año es el debate parlamentario, y social, en torno a la ley del nombre y la fertilización asistida, ambas desafiadas por la realidad de las parejas del mismo sexo.

Techos de cristal

El presidente de la Cámara de Comercio Gay Lésbica Argentina creada en diciembre, Pablo De Luca, y organizador de Gnetwork360, la conferencia internacional de marketing y turismo LGBT que se hará entre el 13 y el 15 de julio, ofrece otra prueba del panorama post ley: empresas de primer nivel que se resistían al nicho gay lo contactaron al día siguiente de la aprobación. Si faltaba una legitimación a la minoría gay, ahí estaba la del mercado.

Uno de los pocos estudios disponibles sobre la percepción social de la minoría gay y lesbiana fue desarrollado desde la Cámara. La encuesta se extendió a nueve países de América latina. En Argentina recogió tendencias posteriores a la ley.

¿Qué porcentaje de la población es homofóbica? Para el 50 por ciento de los gays y lesbianas argentinos, la mitad de la población lo es y el 21 por ciento cree que la mayoría es homofóbica. En Brasil, en cambio, el 41 por ciento cree que la mayoría es homofóbica y el 43 por ciento, cree que la mitad lo es. Otra pregunta plantea los efectos de salir del armario en la carrera profesional. Para el 16,6 por ciento de los gays y lesbianas argentinos, puede afectarla "definitivamente". El 25 por ciento cree que "sí, probablemente".

"Sabemos que existe el armario corporativo' -explica De Luca-. Es como el techo de cristal' de las mujeres', que no las deja ascender".

En Chile el panorama es menos prometedor: el 29,5 por ciento cree que "sí, definitivamente" salir del armario afectará su carrera y el 33,5 por ciento cree que "probablemente". De Luca no duda: "Las diferencias entre Argentina y Latinoamérica tienen que ver con la promulgación de la ley. Donde no hay ley, hay menos aceptación".

Y entre los que con más énfasis se opusieron a la ley en el Congreso, ¿hubo algún cambio de perspectiva desde entonces? La diputada Cynthia Hotton, de Valores para Mi País, una de las más firmes opositoras, dice: "Este año me sirvió para tomar conciencia del avance de la comunidad homosexual para instalar su posición frente a todos los debates, más allá de un reclamo por querer casarse", dice. Al contrario de Augsburger, Hotton ve con alarma que en temas como fertilidad asistida la posición gay y lesbiana empiece a tallar.

Está claro: Hotton sigue firme en sus ideas. Y quizás también en ese tipo de posiciones se pueda percibir qué es ser una sociedad tolerante, en la naturalidad con que se convive con la minoría, la que sea. La que resiste algunos aspectos de los derechos de gay y lesbianas, y la que los celebra plenamente cada vez que se sancionan.

POR: Luciana Vázquez. LANACION

ARREGLOS FOTOGRAFICOS: ALBERTO CARRERA

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