miércoles, 7 de septiembre de 2011

ALEJANDRO IGLESIAS. HERMANO VARÒN

Alejandro Iglesias puso en juego su historia en uno de los programas más vistos de la televisión abierta con un objetivo muy claro: conseguir recursos para que su cuerpo exprese su identidad de género. Gran Hermano no se portó de manera fraternal con él: lo dejó sin obra social apenas terminado el programa y se desentendió de él. Sin embargo, otros recursos –la militancia, el hospital público– aparecieron después de la exposición y ahora está orgulloso de su compromiso para que por fin se sancione la Ley de Identidad de Género.

Cuando ese petisito morrudo contó su “secreto” en el living de la casa de Gran Hermano, el rating de Telefe se disparó y la familia argentina reunida frente al televisor se enteró de un término clínico que desconocía: la disforia de género. Un diagnóstico con implicancias clínicas y legales, incluido en los protocolos de Clasificación de Enfermedades de Organización Mundial de la Salud utilizado para diagnosticar a las personas transexuales y que organizaciones de todo el mundo están trabajando para modificar en su próxima revisión, en 2012. En Argentina, la vía legal para acceder a un tratamiento de reasignación de género –cirugías y hormonas mediante– requiere que el o la paciente sea diagnosticado.

A ello se oponen los proyectos de Ley de Identidad de Género presentados en el Congreso de la Nación, poniendo a la identidad de las personas en su justa dimensión humana, como derecho inalienable.

Alejandro, a lo largo de todo el programa, usó esa etiqueta para definirse, después de todo, luego de mucho preguntar, es la que le habían dado. Hoy, lejos de Gran hermano y con más respuestas, ya no dice que tiene disforia, ese rótulo clínico y aséptico que repitió mecánicamente durante años. Mientras el resto de los “hermanos” de la famosa casa se acomodan en las estructuras de la televisión y devienen en noteros, conductores o lo que puedan, Alejandro trabaja por la sanción de la Ley de Identidad de género. Va aprendiendo sobre la marcha acerca de un movimiento que ya viene de lejos luchando por sus derechos.

Por estos días, se prepara para la fiesta del viernes 16 de septiembre en el boliche Bizancio de Lanús: una fiesta para recaudar fondos para la operación que le dará genitales masculinos. Un viejo anhelo que lo llena de ilusión, el paso con el que fantasea desde chiquito. Alejandro ya no tiene ese estilo huidizo y capcioso de los primeros días frente a la tele, habla de frente y con alivio. Tampoco está tan morrudo: el gimnasio y las pesas con los que fue dando forma a su cuerpo durante años pasaron a un segundo plano. “Estoy más dedicado a la militancia, que requiere un esfuerzo más mental, pero me gusta mucho hacer fierros, es un vicio, antes era todos los días de la semana. Empecé a los dieciocho años, pero dejo y vuelvo siempre a las pesas. Me gusta mucho hacer deportes, pero nunca me animé a meterme a full en ninguno. Es una de las grandes trabas que uno tiene cuando está en una situación como la mía.”

¿Quién te dijo por primera vez que vos tenías disforia? ¿De dónde sacaste ese término?

–Fue un doctor, el doctor Agnón. Llegué a él luego de haber tenido una pelea muy fuerte con mi novia de entonces, Laura. Me metí en Internet a ver si había alguna operación de reasignación de sexo, algo que todavía era una fantasía para mí. Yo charlaba mucho con un peluquero que era travesti y charlando el tema yo fantaseaba mucho con operarme.

Pero cuando te conoció tu ex novia, ella pensaba que eras un chico “tradicional”.

–Claro, ella siempre me vio como un hombre. Desde el primer momento.

¿Cuánto tardaste en contarle a que eras un varón transexual?

–Tardé un año y medio en decírselo; ésa es una historia muy larga. Se lo dije después de un año de estar saliendo y después de habérselo contado seguimos saliendo tres años más. Pasa que su familia me la hacía difícil. El padre era el más conservador, por decirlo de alguna manera, y era bastante opresor con ella, el tipo no me quería y no había forma. Ella tenía miedo de hablarlo en la familia. Si le decía esto tenía miedo que me haga algo. El padre se encargó de influir sobre la madre y los hermanos contra mí. La mamá me encontró el DNI un día y nos vino a preguntar qué pasaba. Laura no se animó y le dimos cualquier excusa, y la madre pasó por alto esa situación, entonces el tema no se habló por un tiempo.

Pero durante ese primer año y medio eran “noviecitos”, en un sentido más inocente quizá, sin tener relaciones sexuales.

–Y ésos son detalles más íntimos para contar. Obvio que no estuve un año y medio sin tener nada. Tuvimos encuentros íntimos, claro.

¿Pero ella no se daba cuenta?

–No... y, uno se da maña, viste (sonríe). Le va encontrando la vuelta. Si, quizás era más “tranqui”, las relaciones sexuales no eran lo central, pero fue una relación muy linda, un lindo noviazgo. Después empezamos a tener más discusiones y las cosas se fueron complicando.

¿Por qué discutías tanto con Laura?

–Ella había empezado a hacer la secundaria en el turno noche. Pasa que yo también estaba muy a la defensiva, estaba muy celoso siempre de todo, me perseguía, pensaba que ella me iba a querer dejar. Cuando ella empieza a hacer el secundario a la noche me agarré la cabeza y pensé “uh, acá la pierdo”. Me empecé a perseguir y me puse enfermo de celos, irritable.

Y ahí empieza a aparecer la idea de operarte...

–Con mucho miedo a perderla, me metí en Internet a averiguar. Ahí entré en contacto con profesionales que tenían una clínica privada de cirugía estética. Ellos me contactaron con el doctor Agnón. Ese doctor me avisó: “Preparate porque esto es un camino largo. Se empieza por la Justicia, porque para operarte tenemos que tener un permiso judicial”. El fue el primero que me dijo “lo que vos tenés se llama disforia de género: tenés que ir a un psicólogo primero”. Yo ese término lo aprendí ahí en el consultorio. No me lo cuestioné. Pensé “si se llama así, ¡será eso!”.

¿Qué te dijeron los psicólogos al principio?

–Me costó muchísimo conseguir un psicólogo que me atienda, todos me decían que no tenían ni idea de qué se trataba, tenían todos muy poca información. Primero recurrí a una psicóloga de la obra social, de los joyeros. Le explico mi tema y le cuento que quería empezar un trámite judicial, esperando que me entienda e intente ayudarme: pero enseguida me dijo que no, que para nada, que vaya a buscar por otro lado. Salí muy enojado, ¿para qué estoy pagando una obra social si no tengo ni acceso a mis derechos ni a un profesional capacitado? ¿Tan extraño es mi caso, soy de otro planeta yo que no puede entenderme un psicólogo? Me fui al Borda, al Moyano, a todas las guardias y no hubo caso. Luego fui a la guardia psiquiátrica del Hospital José Penna y me atendió un doctor que no me acuerdo el nombre pero le debo muchísimo. Ese doctor me pidió que espere a que él termine de atender a los que estaban agendados y después me recibiría a mí. Esperé algunas horas hasta que me atendió.

¿El te entendió en seguida?

–No, en seguida no. Me preguntó: “¿Vos te querés hacer mujer, pibe?” “No, al contrario!, le dije yo. Pasa que con mi aspecto daba como un pibe, ya tenía barbita y todo. Viste cómo son los tipos heterosexuales, a veces les cuesta entender o te miran raro. Se pensaba que yo me quería hacer mujer. Entonces le expliqué bien: “No, mirá, es al contrario”. Entonces me pidió una semana para leer e investigar un poco en Internet. A la semana siguiente me presenté y empezamos con el proceso. Me advertía que podía perder sensibilidad si me operaba. Porque antes lo más común era perder sensibilidad en los genitales. Ahora han avanzado mucho y se van superando las técnicas. Año a año las cirugías son cada vez mejores. A mí igual no me importaba eso, yo me quería ver como un hombre. El no me entendía que para mí lo principal era verme como un hombre.

Pero podés sentirte muy hombre sin tener genitales masculinos, ¿o no?

–Seguro. De hecho, yo me siento muy hombre y aún hoy no los tengo. Pero es una cosa muy fuerte, yo quiero vivir como un hombre completo. Sentirme como un hombre completo. Igual me siento muy hombre aunque me falte eso. Pero la imagen que yo tengo de un hombre es así: no quiero ser una mujer vestida de hombre, quiero ser un hombre completo, con mi DNI, mi cuerpo y mi chica al lado.

¿Cómo empezaste el tratamiento hormonal?

–Empecé automedicándome. Es algo peligroso, pero yo tuve la suerte de cruzarme con una amiga fisicoculturista en el gimnasio Warriors. Ella competía, sabe muchísimo y tiene acceso a esas cosas. Una mina muy grosa y notaba mi situación. Yo entré al gimnasio siendo un palo vestido, pesaba 48 kilos. Cuando agarré confianza con ella le dije: quiero engordar y quiero crecer. Ella me mandó a hacerme análisis de sangre, hepatograma, todo. Me dio Estanozolol para empezar a tomar... (se ríe), sé que no está del todo bien lo que hicimos, pero dentro de todo fue controlado y consciente. Engordé 10 kilos en dos meses. Yo empecé a pedirle más y más y ella me frenaba en seco: “No, pará, dale un descanso al cuerpo que vuelva a funcionar. Cuando te vuelva la menstruación recién ahí podés empezar a tomar otra vez”. Yo no me enojaba, aceptaba lo que me indicaba. Después de eso empecé con un esteroide para caballos, pero que también lo toman algunos levantadores de pesas. Y ahí me empecé a cebar, después me empecé a inyectar testosterona. Pasa que la testosterona me alteraba un poco los nervios y me daba mucho acné. Me estaba jodiendo el hígado, no estaba bien lo que estaba haciendo, finalmente dejé de hacerlo. Así pasaron los años, de mucho gimnasio y entrenamiento. Finalmente, avanzó el trámite judicial y pude empezar el tratamiento con el doctor que me empezó a recetar la hormona que estoy tomando hace ya un par de años.

¿Qué hormona te recetan?

–Nebido, de Bayer. Se inyecta en el glúteo, y para eso me ayuda una señora de mi barrio que es enfermera. Estoy muy contento, porque es muy sana, no me dio acné ni problemas hepáticos para nada.

¿No sentís un “subidón” o que te cambia el ánimo los primeros días de cada ciclo?

–No tanto, quizá los primeros días estás medio tenso, más irritable quizá, pero nada grave. Aparte no hace falta aplicarla seguido porque mantiene los niveles de hormona altos en un tiempo más prolongado. Pasa que es caro. Sale 700 pesos el ciclo de tres meses. Y es de por vida. Y, como la mayoría de las personas transexuales, yo estuve bastante tiempo sin laburo y con problemas económicos. Entonces se complica.

¿Cómo describirías esa discriminación laboral? ¿Cómo se da concretamente?

–Se da primero porque no te da la cara, te da vergüenza porque tenés que presentar el documento, te toman en negro o te dan excusas para no tenerte en blanco. Yo trabajaba en una joyería cuando presenté el recurso judicial para cambiarme el DNI. Entonces faltaba mucho para hacer los trámites y daba excusas: decía que faltaba porque me sentía mal por cualquier excusa. Hasta que un día le conté la verdad.

¿Pero él sabía tu situación?

–Se confundía, pensaba que yo era una lesbiana masculina. Como mucha gente que no conoce el tema, te tratan como una lesbiana “chonguito”. Cuando yo le expliqué el tema, medio que se quedaron sorprendidos y no querían pagarme los días que tenía que ir al psicólogo. Hasta que me puse a averiguar, fui al sindicato y empecé a reclamar que me paguen el sueldo completo, aun los días en que no iba porque tenía psicólogo o médicos. Ahí logré que me reconozcan los derechos laborales (se queda pensando). Creo que siempre fui de pelearme mucho por lo que me corresponde.

EL HEROE DE GERLI

Alejandro no ganó el juego de Telefe ni obtuvo el premio en efectivo para poder operarse los genitales, pero a la salida de la casa lo esperaba no sólo la fama y cierto levante, también el fallo judicial que le otorgó su nuevo DNI y el alivio de empezar su vida sin ocultarse. Pudo sí retirarse quirúrgicamente las glándulas mamarias y darles forma más masculina a sus pectorales. Enseguida después vendría un nuevo amor, Micaela Suppa, y la oportunidad inédita en su vida de empezar una relación sin ocultar su transexualidad.

¿Qué pasó cuando Telefe te dejó sin obra social?

–Ocurre que nosotros estábamos aislados antes de entrar a la casa. Durante esos días vino el chico de legales con el contrato. Yo fui directo a la parte de los baños: no quería que se mostraran los baños y se lo aclaré al abogado. Cuando eso quedó en claro yo firmé. Luego, al salir de la casa, cuando yo reclamé lo de la obra social, me pareció justo mi reclamo: ellos armaron todo un show conmigo y con mi historia y le sacaron jugo a eso. Pero es MI historia (enfatiza), ¿por qué no le puedo sacar el jugo yo a eso? Cuando yo reclamo por la obra social me dicen que ni siquiera tenían obligación de dármela, que nos la dieron por si pasaba cualquier cosa para cubrirse legalmente. El planteo de ellos fue: “Te la dimos porque somos bueno, y ahora te la sacamos porque terminó el programa”. Así de corta. Como no pueden contemplar que estoy por operarme, me están haciendo notas para otros programas de Endemol contando toda mi historia con esa musiquita emotiva que ponen de fondo y mirá cómo son de guachos que me sacan la obra social un día antes de operarme. Yo estaba tranquilo porque me iba a operar en una clínica privada, pero después, sin obra social, me fui al hospital público.

¿Y cómo te trataron ahí?

–Muy bien, muy bien. Tenía una habitación para mí solo, pero viste cómo es, entraban todo el tiempo las enfermeras al cuarto. ¡Todas querían sacarse fotos conmigo! (Se ríe) Que les firme autógrafos, salude a sus sobrinos que me querían conocer, que esto, que lo otro. Yo quería ir a la privada para estar más tranquilo, pero igual me trataron rebien. Ahora estoy sin obra social, pero estoy muy seguro y confiado del Hospital Gutiérrez. Ahí están el doctor Fidalgo y su equipo, que son de primera y me dieron mucha seguridad.

¿Telefe te indicó que presentes tu caso como “disforia de género”, un diagnóstico clínico tan polémico?

–No, no, para nada. Sé que es un diagnóstico clínico muy controvertido, incluso el proyecto de ley que esperamos se trate este año lo excluye, para no patologizar la cuestión.

¿Pero vos te presentaste así o en el canal se consensuó que presentaste tu caso en esos términos?

–Yo me presenté así. Es más, cuando me presenté al primer casting, los chicos pusieron la camarita y se pusieron a hablar entre ellos, sin prestarme mucha atención. Cuando yo lo cuento, ellos me miraron y me dijeron “pará, pará, ¿qué dijiste?” “Disforia de género”, les repito. “¿Y qué es eso? Explicanos.” Claro, ellos no tenían ni idea. Antes de conocer a la gente de ATTTA y de la Federación LGBT yo no tenía otro término para contarlo. Yo no conocía a nadie así. A nadie en el mundo. Pensaba que yo era la única persona del mundo en esta situación. Es más, pensé que disforia venía de la palabra “diferir”, qué sé yo. A mí me importaba tres pelotas cómo se llamaba. Solucionámelo, con el nombre que sea, no importa, solucioname esto, le decía a mi médico. Después, cuando salí de la casa, fui aprendiendo y lo fui aclarando.

Aunque no sentías que tuvieras ningún tipo de enfermedad...

–No. Sucede una cosa muy sencilla: cuando yo empiezo el trámite el juez me hace ir a distintas pericias psicológicas, donde se constató que yo no tenía ningún desorden mental. Entonces, no tiene sentido que después de tres pericias psicológicas que constatan que estoy sano, el resultado es que yo tengo “disforia de género”, que es una patología mental. O sea, se contradice. Ahí está faltando sentido común, me parece, de parte de jueces y de algunos médicos.

¿Estás militando en ATTTA?

–Sí, con el tema de la educación fuimos a Villa María, Córdoba, a dar charlas en colegios. Ponete a recorrer las escuelas del país y no vas a ver chicos transexuales sentados en los bancos. Porque abandonan los estudios, porque los docentes y las autoridades no están preparados para recibirlos. Yo porque tuve una mamá y un papá que se preocupaban por mí y no me dejaron dejar el colegio. Yo quise dejar muchas veces el secundario. Varias veces los profesores me maltrataban. Una vez una me dijo de mala manera y delante de todo el curso: “Iglesias, ¿usted qué quiere demostrar vistiéndose así?” Yo me quedé helado, no supe qué responderle. En una de las charlas de Villa María una de las profesoras de catequesis vino con ganas de interrumpir la charla, le molestaba nuestra presencia. Hasta que un alumno le dijo: “Profesora, si a usted no le interesa váyase, a nosotros nos interesa escuchar a Alejandro”. ¿Qué pasa si a un chico transexual le toca una profesora así? Deja el colegio.

¿Y cómo es la relación con la familia de Micaela, tu novia actual?

–Todo bien, todo blanqueado: lo aceptaron, me invitaron a cenar a la casa, me tratan igual que a cualquier novio. Es más, fuimos a casa de familiares cercanos, tías, y el reconocimiento fue muy lindo.

¿Creés que tenés más levante desde que saliste de la casa de Gran Hermano?

–Sí, eso sí. Más levante seguro, pero yo no soy mujeriego, no me gusta. Soy de quedarme con una sola mujer, tampoco me gusta mucho que me acosen las chicas. Me gusta estar con una sola persona a la vez, conocerme a fondo, es feo estar con una, con otra, con otra y después llegar a tu casa y estar solo.

¿Tenés algún modelo de hombre a imitar, a seguir?

–Y siempre me gustó la onda de Bon Jovi y de Bryan Adams, son como mis “ídolos”, desde chicos.

¿Qué tipo de chica te gusta?

–No me gustan que sean muy altas, porque me hacen sentir muy chiquito. Me gustan sencillas y rellenitas, con cuerpo. Y que no sean muy enroscadas ni tan exigentes. Lo que sí, una chica para estar con un chico transexual tiene que ser una chica heterosexual, no es una chica lesbiana. Eso hay que aclararlo bien. Me ha pasado que la mamá de mi ex novia me dijo un día en una pelea: “Mi hija no es lesbiana”. “Claro que su hija no es lesbiana, señora, por supuesto –le dije yo–, porque yo no soy una mujer.”

¿Qué es lo más lindo de estar con un hombre transexual?

–Lo más lindo de salir con un hombre transexual es que siempre va a ser una historia especial, que no va a ser un noviecito más que tuviste en tu vida. Es una historia especial que te va a quedar para siempre y te da pie para la reflexión de muchas otras cosas. Es vivir algo en la vida que no muchos pueden vivir.

POR: Federico Sierra. PAGINA12
ARREGLO: ALBERTO CARRERA

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