viernes, 3 de agosto de 2012

INMORTALES: DETENER EL ENVEJECIMIENTO, SE PUEDE...?

Investigaciones científicas plantean la posibilidad de una vida infinita.La muerte de la muerte. Gusanos, moscas y ratones que viven el triple en condiciones de laboratorio alientan la idea de  detener el envejecimiento humano. La utopía del cuerpo perfecto. ¿El hombre de 1.000 años ya nació? Realidad o ciencia ficción.


Escapar a las Parcas o las Moiras. El destino, la silueta oscura con capucha y guadaña o la nada absoluta, dependiendo de la creencia o religión: una idea que obsesiona al hombre desde sus comienzos. ¿Qué hay después de la muerte? ¿Hay algo? ¿El túnel al final del camino? Pero, ¿qué pasaría si todas estas preguntas no necesitaran ser contestadas? ¿Si el hombre por fin consiguiera la forma de burlar a la muerte y vivir cientos de años en óptimas condiciones? Los mitos de antiguas civilizaciones y la literatura de todos los tiempos –“El inmortal”, de Jorge Luis Borges; Drácula, de Bram Stoker, El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, son sólo algunos ejemplos– están marcados por la búsqueda de la vida eterna y de la eterna juventud. La realidad, de a poco y en algunos casos, va alcanzando las lecturas y fantasías marcadas por la ciencia ficción. Tanto, que algunos científicos y estudiosos del envejecimiento del ser humano creen que ya nuestras generaciones vivirán estos cambios. Es el caso del gerontólogo Aubrey de Grey, quien afirma que “ya nació el hombre que va a vivir mil años”. La afirmación es un tanto arriesgada: las investigaciones internacionales y argentinas sobre terapias génicas, el gusano Caenorhabditis elegans como modelo de envejecimiento y enzimas como la telomerasa, lejos están de prometer la inmortalidad. Recién dan sus primeros pasos, aunque permiten esperanzarse con una vida “larga y próspera”.

El médico, escritor y periodista Ricardo Coler, autor de Eterna juventud. Vivir 120 años (donde cuenta la historia de Vilcabamba, pueblo de Ecuador con varios casos de longevidad extrema), sostiene que “la gente terminará viviendo 300 años y nos va a cambiar la concepción sobre la enfermedad y la muerte, que no deja de ser un pensamiento. Los nuevos estudios corren el límite de cuánto vamos a vivir. Gusanos, mosca de la fruta y ratoncitos ya están viviendo el triple en condiciones de laboratorio. A nivel de célula, la vida, la muerte, la mística, desaparecen, hay proteínas, genes, membranas. La vejez es un mecanismo biológico y como tal, pasible de ser estudiado y corregido”.


En su libro, Coler traza un paralelo entre los habitantes de Vilcabamba y su padre, ancianos con distintas realidades. Mientras los ecuatorianos se ríen a carcajadas de las estadísticas que marcan la expectativa de vida al nacer en 77 años, porque viven 100 y más sin siquiera pensarlo, mientras atienden sus huertas y se divierten en fiestas comunitarias donde abunda el alcohol, el tabaco y otras sustancias, su padre permanece en una cama. Vilcabamba es un valle enclavado entre montañas, a 1.500 metros sobre el nivel del mar, en la zona sur de Ecuador, y el sinónimo de lo que muchos consideran la fuente de la eterna juventud. Un poco más al norte, Dominica también atrae a médicos y científicos interesados en encontrar la causa de la longevidad de sus habitantes. Allí vivió 125 años Elizabeth “Ma Pampo” Israel, y de una población de 70.000 personas, 21 tienen más de 100 años de edad. En la actualidad, y luego de que en 2008 muriera Habib Miyan con 138 años, en Jaipur, la capital del estado de Rajastán, India, la persona más vieja del mundo es el japonés Jiroemon Kimura, quien cumplió 115 años en Kyoto.

Fuera de esos casos particulares, se estima que para mediados de este siglo habrá seis millones de personas que hayan cumplido los cien años.

El doctor en ciencias biológicas Sergio Simonetta, quien trabaja en la Fundación Instituto Leloir, investiga distintas formas para evitar el envejecimiento utilizando como modelo de estudio el gusano Caenorhabditis elegans: “Fue uno de los primeros animales de los que se secuenció el genoma y se vio que era bastante parecido al humano, entre un 60 y 80 por ciento. Se busca encontrar algunos compuestos que logren que el gusano viva más. Si bien por lo general su vida es de tres semanas, algunos elementos como la insulina llevan su vida a cinco o seis semanas. Además, se vio que pasaba algo similar en la mosca de la fruta y en ratones”. De todos modos, Simonetta advierte que la supuesta aplicación de este descubrimiento en humanos no sería sencilla: “Una condición es la restricción calórica, es decir que se ingieran menos calorías: 600 en lugar de 2.000. Hay que ver si la gente está dispuesta a comer menos durante toda su vida para vivir unos años más”. La segunda cuestión es que las personas deberían tomar una cápsula por día, de insulina u otro elemento con iguales efectos, desde muy jóvenes hasta muy ancianos, lo cual sería supercostoso. “Es muy difícil llegar a la inmortalidad, porque en cuanto descubren algo que podría alargar la vida también se descubren los problemas que podría acarrear, entre ellos ciertas degeneraciones celulares propias del envejecimiento, como el cáncer o el Alzheimer. Claro que relativamente pronto podría existir el hombre que viviera 150 años, pero eso obligaría a, por ejemplo, replantear el sistema jubilatorio, entre otros aspectos culturales”, señala Simonetta.


Y esto ya sucede: las edades para jubilarse se han ido modificando con el correr del tiempo: en la Argentina, por ejemplo, 60 años para las mujeres y 65 para los hombres. Incluso hay países que tienen pautadas fechas en las que deberán volver a modificar los límites de edad.

Otro de los científicos que estudia el envejecimiento es el doctor Rodolfo Goya, del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de La Plata, quien dirige un equipo que trabaja en terapia génica con IGF-1 en modelos animales de envejecimiento: “Estudiamos específicamente el envejecimiento cerebral y la efectividad de las terapias génicas en ratas viejas que desarrollan patologías cerebrales, como Parkinson –explica–. Les inyectamos un virus modificado genéticamente para que no haga daño y sí haga lo que saben hacer muy bien los virus: transportar hacia los genes una sustancia que es similar a la insulina y que normalmente produce el organismo, que actúa como neuroprotectora. Es una investigación básica, más adelante se puede repetir con monos, más parecidos a los humanos, y luego se podrán realizar pruebas clínicas. Pero será dentro de muchos años”, dice.

A pesar de la advertencia, Goya admite que “estas investigaciones, a futuro, prolongarán la vida. El organismo es un reloj complejo, que a medida que madura presenta deficiencias. En la era de la nanotecnología, seremos capaces de reemplazar todos los genes, utilizar la terapéutica del genoma corrigiendo las alteraciones. Es una visión futurista. Por ahora estamos con estas cosas, que son muy pequeñas, pero en forma paralela se van descubriendo y desarrollando otras cosas, como la clonación, las terapias con células madre, que quizá reemplacen a la terapia génica. Pero si uno va reemplazando o corrigiendo cada alteración, será como llevar el auto al taller para reemplazar las piezas viejas, al final del proceso será un modelo 80 pero estará como nuevo”.

El último gran avance en estas áreas fue el descubrimiento de la telomerasa, una enzima que se relaciona con el cáncer. El hallazgo significó el Nobel de Medicina para tres científicos en 2009: la australiana Elizabeth Blackburn, el británico Jack Szostak y la estadounidense Carol Greider. Omar Coso, biólogo molecular investigador del Conicet, explica que esa “enzima regenera telómeros, que están en la punta de los cromosomas. En los cromosomas de embrión, los telómeros tienen cierta longitud. A medida que el organismo se va desarrollando y las células se van dividiendo, esos telómeros se van acortando y van dejando una especie de marca de envejecimiento. El envejecimiento de las células lleva al de los tejidos, de los órganos y la muerte del organismo. Las células tumorales aparecen por accidente y tienden a dividirse, tienen aumentada la actividad de la telomerasa, lo cual brinda más oportunidades de división a los telómeros. Para la célula individual es bueno, porque no envejece, pero para el organismo que la porta es malo, porque el tumor crece y termina matando el organismo”.


La especulación es que si se pudiera controlar la producción de esta enzima para que los telómeros continúen dividiéndose pero de forma natural y no descontrolada –como sucede en los tumores–, podría alargar la vida al evitar el envejecimiento de las células. Pero Coso no ve “el modo en que estos descubrimientos puedan trasladarse al envejecimiento desde la estética. Si la expectativa de vida es 70 años, no creo que ese conocimiento se pueda aplicar de modo práctico para que se eleve a cien: esa idea forma parte de la ciencia ficción”.

Santiago Bilinkis, licenciado en Economía, estuvo durante tres meses en una sede de la NASA, en Silicon Valley, asistiendo a charlas de ciencia en campos como neurociencia, robótica, inteligencia artificial y nanotecnología. El emprendedor y tecnólogo retoma los planteos de Aubrey de Grey, aunque admite que “es un poco optimista, porque dice que ya nació el hombre que vivirá mil años y probablemente hoy tiene 40. En este momento estoy dedicado a investigar estos temas y estoy dando muchas charlas, como ‘El futuro del futuro’. Vivir tanto tiempo generaría, sin dudas, muchos problemas, porque extender la vida no es trivial. El mundo cambiaría mucho en cuestiones muy sensibles, así que no está muy claro que sea deseable. De todos modos, los humanos siempre intentamos conseguir lo imposible. La bomba atómica no era deseable y la hicimos; el casamiento monogámico se inventó cuando la expectativa de vida era de cincuenta años, pero ahora que la muerte no separa a los matrimonios, nos separamos nosotros. Imaginate si la vida se extendiera. La idea misma de monogamia perdería bastante el sentido. Es el tipo de cosas que habría que replantear”.

Tal vez por eso el filósofo Pablo Capanna advierte que “pensar en ganarle a la muerte es como querer ignorar la entropía. En el mundo de hoy, la tecnología es una de las pocas cosas de cuyo progreso no caben dudas. Esta circunstancia le ha permitido ir ocupando el lugar que tenía la ciencia en el imaginario colectivo. La ciencia, a su vez, había desplazado a la religión, con lo cual la tecnología ha pasado a ser el lugar donde se legitiman todas esas fantasías que solían ser patrimonio de los místicos”.

Para Capanna, “el sueño de la inmortalidad, que siempre fue el horizonte último del deseo, ha invadido el imaginario tecnológico. Así hoy se nos ofrece confiar en la clonación, si bien eso no nos salvaría de morir y sólo daría vida a nuestros simulacros; en la criopreservación, que apenas podría diferir el fin, o en los sueños del transhumanismo, que nos pide abandonar el mundo para dejárselo a unas computadoras más perfectas que nosotros. Es sabido que es absurdo pensar en un crecimiento infinito dentro de un medio finito, lo cual hace imposible la inmortalidad para todos”.

Además, advierte que de conseguir esos postulados, “la vida dilatada sólo estaría al alcance de los poderosos. No desearía que nuestros descendientes tuvieran que vivir en una sociedad de zombies y decrépitos, atendidos por esclavos que tuvieron la desgracia de nacer después y encima ser pobres. En todo caso, bienvenidas sean todas las técnicas que permiten paliar el deterioro de la vejez”. Lo cual, sin lugar a dudas, no es sinónimo de alcanzar la inmortalidad.


“Ser inmortal es baladí”

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o castigarlo. Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto (…).

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales.

Fragmentos de “El Inmortal”, de Jorge Luis Borges, publicado en El Aleph (1949)

 
Opinión

La vida implica envejecimiento
Por Omar Coso / Investigador UBA / Conicet

No veo la vejez como enfermedad. Creo que hay algo más en la vida que moléculas y células, una especie de “música molecular” que les permite interactuar con equilibrio y armonía. Esta armonía es evidente al estudiar el crecimiento embrionario, la juventud, la adultez y también la vejez, que es saludable. Estamos encerrados en nuestros cuerpos y vemos la biología desde nuestra condición finita, pero la vida como fenómeno natural nos trasciende. Todo se da en ciclos: las células crecen, se dividen y mueren.

La sociedad nos impone normas culturales como mantenernos siempre jóvenes, por eso transformamos la vejez en enfermedad.

Estamos más preparados para aceptar y admirar el crecimiento que la involución. Todo lo que se enciende nos entusiasma, es más sexy. Lo que se apaga, nos preocupa y no dejamos de vincularlo con nuestro propio fin.

La biología molecular no tiene como objetivo frenar el envejecimiento desde el punto de vista estético. Otra cosa es el envejecimiento prematuro: que ciertas células mueran antes de tiempo, apartándose de la armonía con su entorno, puede provocar patologías como Alzheimer o Parkinson. Estudiar los mecanismos que, si se desregulan, pueden llevar al envejecimiento prematuro nos da el poder de prevenir las enfermedades y, como consecuencia indirecta, prolongar la vida, pero en equilibrio con nacer, crecer, reproducirse y eventualmente envejecer y morir.

Creo que es lindo envejecer en armonía, no me parece que valga la pena frenarlo. Es no entender nuestra trascendencia. En la búsqueda de la eternidad, más vale estar vivo trascendiendo en ideas.

Opinión

Un paso delante de la muerte
Por Santiago Bilinkis / Licenciado en Economía, emprendedor y tecnólogo

Hace un tiempo, en la radio les pregunté a los oyentes cuánto tiempo creían que iban a vivir: es muy interesante porque ambos, los de veinte años y los de sesenta, creen que van a vivir ochenta años. La gente vive bajo el supuesto de que la expectativa de vida no cambia.

El gerontólogo británico Aubrey de Gray (foto) sostiene que el hombre que va a vivir mil años ya nació y tiene 40 años. Para mí hay dos cosas muy interesantes en su línea de investigación: la primera es que hasta acá, el avance médico se enfocaba en combatir las enfermedades que nos matan, pero incluso una persona sana muere de vieja. La vejez es la acumulación de pequeños deterioros en el organismo que son las mínimas fallas en el proceso de reparación. En un momento, la acumulación de fallas te mata, aun cuando estés sano. Ahora se empieza a combatir el envejecimiento, se busca mejorar el mecanismo de reparación del cuerpo para volverlo perfecto o casi perfecto. La segunda, que para postular que ya nació ese hombre de mil años, no necesitás encontrar hoy los métodos para extender la vida tanto. Podría darse por avances sucesivos: hoy tengo 40 años y creo que me quedan 40 más, pero en los próximos veinte años pueden aparecer avances que extiendan la vida a 120 años y hasta que llego a esa edad, puede haber otro avance. Hay que encontrar las soluciones necesarias para estar siempre un paso adelante de la muerte. De Gray es un poco optimista, probablemente tome más tiempo. Hay chances de que los que hoy tenemos 40 nos la perdamos, pero vamos a conseguir extender la vida. No voy a vivir mil años, pero sí bastante más de lo que pienso.                            

(Testimonio recogido telefónicamente)



POR: Raquel Roberti y Leandro Filozof.
VEINTITRES.INFONEWS.COM
ARREGLOS FOTGRÀFICOS: ALBERTO CARERA


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