viernes, 22 de agosto de 2014

Síndrome del nido lleno ... pero muy lleno ni tan vacío. "Empty nest syndrome, but not so empty"

Nido lleno: la mayoría de los que se quedan en casa son varones. Según datos del Indec, seis de cada diez jóvenes de entre 18 y 35 años en esta condición son de sexo masculino. Lo atribuyen a que tardan en formar pareja, entre otras causas. Aportan poco al hogar, gastan su dinero en tecnología y sus padres los apoyan. Un trabajo de la UADE indica que el 74% sigue viviendo en la casa familiar.


Nido vacío. La frase por sí misma espanta a padres –a madres, sobre todo– pero también a los hijos cuando se independizan. Contrariamente a lo que se cree –acaso producto de la atención excesiva que le prestan los medios a psicólogos y psicoanalistas que hablan de ese drama que es el "nido vacío"– cada vez son menos los pajaritos que huyen y más los que se acomodan al calor del nido. Muchos más varones que mujeres.

"Del total de jóvenes de entre 18-35 años que vive con sus padres en todo el país, la mayoría tiene entre 21 y 29 años y seis de cada diez son varones. De esta cifra, más del 90% no estudia, trabaja", explican voceros del Indec a Tiempo Argentino, basados en el último censo nacional. 

El dato termina de completarse con los resultados de una reciente investigación de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) llamado "El fenómeno del nido lleno. Juventud crónica y nuevas formas de familia". Dice el trabajo: "En Argentina, el 74,50% de los hijos de entre 18 y 35 años viven con sus padres, y  no aportan a la economía del hogar. Tanto padres como hijos consideran natural que la manutención económica esté a cargo de los progenitores (aunque los jóvenes trabajen)."


El target o grupo etario al que se apuntó fue la "clase media del área metropolitana de Buenos aires": jóvenes de 18 a 35 años que trabajan o estudian, pero también que estudian y trabajan, y padres con hijos de esas edades (de 50 a 70 años). "Si bien los jóvenes se consideran autónomos y libres para tomar decisiones propias en la vida, muchos de ellos, hasta casi los 30 años, permanecen en el hogar o reciben apoyo económico de sus padres", afirman.

Desde el Indec, profesionales del área de Estadísticas Sociales y de Población explicaron a Tiempo Argentino que una de las posibles explicaciones del nido lleno "es que se va postergando la edad en que las mujeres deciden tener su primer hijo, hasta después de los 30". Y lo que se observa en el último censo es que "antes la cúspide para tener familia eran edades tempranas y hoy se fue corriendo esa edad. Se tienen menos hijos y mucho más tarde, lo cual podría estar postergando la salida del hogar. No se forman nuevas familias, se mantiene la familia original. Y como se sabe uno de los factores para salir del nido es formar pareja."


¿APORTAR O NO APORTAR? De acuerdo a una investigación de la UADE –300 entrevistas en profundidad y 489 encuestas a jóvenes y padres–, en la Argentina, el 74,50% de los hijos de entre 18 y 35 años viven con sus padres y no aportan a la economía del hogar. Los padres, al parecer, chochos de la vida: el 53,4% de los jóvenes encuestados aseguraron que sus padres jamás les reprocharon esa ausencia de "aporte ".

El 80% de los jóvenes en cuestión se considera independiente porque toman sus propias decisiones. ¿Y qué dicen los padres? Un 63% realmente disfruta que sus hijos convivan con ellos, sólo un 37% preferiría que no lo hicieran. El 82% argumenta que ayuda de distinto modo a sus hijos, por tres factores: para que terminen la carrera, porque sienten que es su obligación y para que tengan un mejor pasar económico que el que ellos tuvieron.

Ante la pregunta de si les genera alguna dependencia recibir ayuda económica de sus padres, un 49,1% de los jóvenes dio un rotundo sí. En cuanto a si colaboran con la economía familiar, un 43% de los encuestados dijo que no. Sólo un 25% se hace cargo de pagar algún servicio como la luz, el gas y el agua, un 18% realiza las compras, un 11% da dinero a sus padres. Sólo un 3% da una suma de dinero fijo para el hogar.


Al respecto, la directora de la encuesta, Diana Barenboim, psicóloga del Instituto de Ciencias Sociales de la UADE, explicó a este diario que lo que se buscó descifrar: "es el fenómeno donde los hijos se van más tarde de los hogares, pero conviven siendo sujetos autónomos e independientes. Pensé encontrar un mayor conflicto por parte de los padres, pero en realidad, mientras los hijos estudien no tienen problema en mantenerlos. Los jóvenes, frente a la imposibilidad de tener una vivienda propia, destinan su salario a viajes, a tecnología, a comprarse un auto, pero la mayoría no aporta en alimentos, ni se sostienen desde un lugar de responsabilidad adulta. Sin embargo, no sienten malestar por la dependencia." En este punto, el mandato de la modernidad choca de lleno con el de la posmodernidad: "Hijo, yo te sostengo para que puedas ser feliz estudiando una carrera que te gusta", dice el mandato posmoderno. "Ha habido una renuncia muy grande de los padres en su propia vida estudiando algo por deber y no por placer, entonces le dan la oportunidad a sus hijos de cambiar su historia", explica Barenboim.

Además, tener un adolescente o adulto en la casa llena un espacio en una sociedad en la que cuesta, y tanto, sostener afectos: "El nido lleno conserva el lugar de los progenitores, algunos ya cercanos a la edad pasiva. Los mantiene en un lugar activo porque siguen siendo proveedores de dinero, de casa y comida. Algunos les pagan el alquiler a los hijos una vez que deciden irse. Esto prolonga el reinado de los padres en el tiempo, que sigue siendo suyo y no se hereda a los príncipes."


LOS HEREDEROS. Los herederos lo cuentan por sí mismos. Para María Belen Ojeda (22), quien vive junto a sus padres en una casa de San Martin, los padres toleran a sus hijos hasta el hartazgo para "marcar la diferencia con la crianza de sus épocas. No les exigen dinero, a pesar de que sus hijos están en condiciones de dárselo. Lo hacen porque necesitan el contacto y para estar al tanto de lo que pasa en sus vidas."

Martina Di Rado (26) cuenta que apenas terminó la escuela a los 18 años, se fue a vivir a Rosario, pero al año siguiente debió volver. "Estudio en Pergamino, como queda a 40 kilómetros de Arrecifes, sigo viviendo en la casa de mis padres y viajo todos los días a la facultad. Mis padres no tienen problema con eso, mi hermano menor de 25 años también vive con nosotros. No pago un peso por estar en casa, no trabajo, pero aún si lo hiciera, tampoco me pedirían." Di Rado observa que cada vez son más los jóvenes que vuelven a la casa paterna, o directamente, nunca se van: "no es fácil irte y bancarte. En el momento que uno da el portazo, deja de depender. Si uno deja el nido lo deja para siempre".

Ernestina Lovera (23), de Lanús, coincidiría con Martina si la conociera: "No estoy estudiando. No pongo plata en casa porque no me la piden, la plata que gano trabajando es para mí. Mis padres no me exigen nada. Me siguen brindando facilidades para determinadas cosas. De mi entorno la mayoría vive con sus padres. Es difícil tener una casa sin un buen trabajo y es preferible no irse rápido a vivir solo. Invierto en otras cosas el dinero que podría destinar para un alquiler."

La madre de Ernestina (53) es clara. ¿Por qué a una edad en la que podría estar disfrutando a pleno de la vida conyugal, prefiere tener bien cerca a su retoña? Dice con una voz amena que las cosas hoy –por suerte– son muy distintas a cómo eran en su juventud. "Antes entendíamos que a los 20 años éramos tan grandes que no sólo teníamos que abandonar el nido, sino buscar pareja, tener hijos, armar un nido nuevo. Hoy nuestros hijos son más inmaduros, pero los acompañamos, si bien no es una comodidad que un hijo adulto viva con uno."

Que un  hijo se vaya de casa, para Ernestina, es una señal de adultez, de ciclo cumplido. "Y no me llena de vacío pensarlo. Si uno de mis hijos se fuera mañana, diría que ha concluido con éxito mi acompañamiento. Pero aún no se deciden. Que vivan con nosotros lo vivo como algo natural, me dicen que le encantaría vivir solos, porque los padres les rompemos las pelotas, bla bla, pero se quedan." 

En una casa de Villa del Parque, la familia de Javier Gonzalez (23) cuenta por qué lo banca. "Lo bancamos en todo. Puede quedarse en casa el tiempo que quiera", afirma con una sonrisa la mamá del clan. "En casa, Javier está cómodo, desearía quedarse varios años más inclusive sin moverse de esa condición". Su mayor inconveniente hoy para dejar el nido es el económico. Y algo hay en eso de extrañar a los padres, pero no parece ser la barrera. "En esta generación no soy el único que lo piensa, muchos otros como yo piensan como yo, algunos le dicen síndrome de Peter Pan."


"Para mí es un tema puramente económico"

Juan Manuel Martínez es el menor de cinco hermanos. Tiene 33. Vive en Floresta en la casa de sus padres. Es grandote y usualmente tiene gestos melancólicos como quedarse de pie y mirar al vacío a través de la ventana de cortinas verdes. Recuerda un poco a Theodore, el protagonista de la última película de Spike Jonze, Her, un joven de labio leporino enamorado del sistema operativo de una computadora. Juan no tiene labio leporino. "Yo a esta no la siento como mi casa. Esta es la casa de mis viejos y me manejo según sus reglas. No entra cualquiera. No hay desfile de chicas." Es tajante en lo que dice, su voz es suave.

Aclara que los padres nunca les pidieron nada a ninguno de los hermanos, pero que ellos aportan desde donde pueden: había que poner un ventilador de techo y Emanuel fue al Easy, lo pagó y coloco, o en el verano puso una reja. 

"Sigo viviendo acá por un tema puramente económico. El otro día hablaba con ellos –mi papá tiene 75 años y mi mamá 65– que si quiero puedo ir a alquilar porque trabajo, tengo como solventarme, pero si alquilo, ahorrar  se hace complicado. Decidimos entre los tres que tenía que quedarme. La casa es grande. Mis viejos me apoyan en todo. Entienden que tengo más de 30 y simplemente debo avisarles si voy a dormir, o no, a la noche."

Sus amigos varones, todos treintañeros, están en la misma. Viven con su madre, o su padre –si son separados– como algo natural. "Ahora que lo pienso, nunca hablé con ellos, si están con su madre, o su padre porque no les da la plata para irse a vivir solos, o porque quieren estar." Otro compañero, Ezequiel (33) recién este año se largó a independizarse, tal vez porque hace poco se puso de novio y de a dos es más fácil todo. "Pero tengo una amiga, María (30) que le pasó a la inversa: se fue a vivir sola, pero como no le daba la plata para alquilar tuvo que regresar de los viejos."


Maxi y Morrón

Maximiliano Giménez (23) vive en la zona de Parque Centenario. Como su mamá estaba trabajando, decide posar para la foto con el que es su afecto más cercano, el que considera como el otro macho de la casa: Morrón, su perro. Un bulldog inglés adorable parecido al que sale en la serie de Tom y Jerry.

No es fácil para Maxi ser hijo de padres separados y "que mi padre nos haya descartado y se haya ido a vivir con otra mina. Vivo con mi mamá y mi hermana mayor que tiene 27 años, ella estudia y trabaja. Yo sólo estudio Ingeniería Mecánica en la UTN. Colaboro un poco económicamente con mi mamá, que tiene 51 años. Es cómodo vivir con la vieja, me encantaría vivir solo pero no me dan los números. Además, la comodidad de la casa materna no te la da ninguna otra casa en el mundo."

En cuanto a su mamá, dice que está "todo bien" con él, pero con la hermana no tanto, tiene mucha menos tolerancia: le parece que es hora de que se vaya, porque no aporta en nada económicamente; "conmigo tiene más tolerancia, será porque soy varón y más chico".

La mayoría de los amigos de Maxi también vive con sus padres y sin miras de cambio, piensan seguir así por mucho tiempo, ninguno tiene planes de abandonar el calor del nido.


Por: María Victoria Dentice - Infonews.com
Imagenes: Web
Arreglos: AC

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