martes, 27 de enero de 2015

"Juegos de chicos" El fútbol gay me permite jugar sin sentirme diferente. Gay Soccer

¿Espacios divididos según la orientación sexual? Este es el debate que abre el autor a partir de su propia experiencia. Siempre jugó al fútbol y lo hizo mucho tiempo en equipos “comunes”. Se hallaba incómodo –reconoce– si debía ocultar que un compañero le atraía o se intuía con poca libertad para hacer algunos comentarios. Dice que también en los equipos gay hay situaciones de discriminación.


"Ey, amigo”, dijo el chico de la camiseta de Boca. Yo le pregunto “¿Sí?, con la botella de agua en la mano para pasársela. “Amigo, dije”, y me fulminó con la mirada pasando por delante de mí, yendo al grupito que estaba detrás del arco. Oí gritos y fui a ver qué pasaba. Dos chicos tenían agarrado a JM desde atrás, los otros le tiraban fósforos encendidos en la cara. Algunos le quedaban prendidos en la piel, y después se caían. El chico de la camiseta de Boca se reía. JM era mi amigo, de fútbol, cuando teníamos 6 o 7. El era tranquilo y no le gustaba estar con nosotros, prefería jugar con las chicas y bailar como Madonna. 

Yo me divertía jugando al fútbol, pero esas cosas que pasaban me hacían sentir incómodo. ¿Será por qué soy una persona sensible? El manejo de las emociones es un aprendizaje. Coordino talleres en empresas desarrollando el tema: les cuento a los participantes que las sensaciones no se dejan de tener. Lo que se puede aprender es a manejarlas, a darles formas. 

Cuando era adolescente no me molestaba tanto que no me pasaran la pelota porque seguía siendo amigo de JM, o que ellos hicieran trampa con tal de ganar; lo que más me molestaba era que yo no podía manifestar mis emociones, y excitación; como la exhibían ellos. Por ejemplo, no decirle a F. que había estado pensando en él toda la noche. Que me gustaba verlo sentado en las gradas, con las piernas abiertas, tomando un helado de palito. Que una energía desconocida y endemoniada bullía por mi cuerpo cuando lo veía ponerse los botines. Que me gustaba su olor. F. tenía la costumbre de colgarse del arco cuando atajaba, y yo dejaba de prestarle atención al juego, le miraba las axilas con los incipientes pelitos rubios que yo todavía no tenía, el short ajustado, la forma en que se tiraba cuando le llegaba la pelota, como un tigre agazapado; y quedaba como hipnotizado. 

Buscaba sentarme al lado de él y darle la Fanta Naranja que le gustaba tomar después del partido. Él era lo que yo quería ser y tener; pero era horrible mentir diciendo que me gustaba Pamela; porque yo no veía nada malo en que me gustara F. Se me ocurrían chistes en la cancha, que tampoco podía decir, porque a todos “aparentemente” les gustaban las chicas; aunque se tocaban bajo las duchas para saber cuál pesaba más. Pero si te llegabas a enganchar con el juego, perdías; porque las bromas de mal gusto iban a parar al mismo depositario. Mentir. Ocultar. Fingir. Tener que mirar para otro lado. No son valores con los que me siento cómodo.

A veces me recluía de las actividades físicas. Necesitaba un tiempo de introspección. Pensar. Leer. Mirar. Observar. Ver cómo era la vida de los escritores y músicos que admiraba, que iban desde Breat Easton Ellis, Oscar Hermes Villordo hasta las cartas que Frederic Chopin le escribió a su amigo Titus, los reportajes de Charly García y la biografía de Los Beatles. Me impactó la historia del manager de los Beatles, Brian Epstein, que se había enamorado de Lennon y lo invitó a pasar unas vacaciones a Hamburgo. Pero a su regreso los amigos de Lennon lo tomaron de punto, cargándolo, insinuando que había pasado algo entre ellos. Lennon respondió a las trompadas y se alejó de Epstein para evitar más bromas. 

Después intenté volver a jugar, pero no encontraba un lugar en el equipo. Me acuerdo de un chico alto, con un camperón azul, Adidas, que me acompañaba a casa después de los partidos. Los chicos con los que jugaba se daban cuenta de que a mí me gustaba. Me ponía nervioso cuando lo veía y hacía todo lo que estuviera a mi alcance para complacerlo. 

Las sospechas de que pasaba algo entre mi amigo y yo aumentaban, y la pelota nunca nos llegaba. Sí los codazos y las patadas. Cerraban el agua fría para que sólo saliera la caliente cuando nos duchábamos. Alguien me dijo que se sentían celosos por nuestra relación íntima y que por eso hacían eso. Volví a recluirme, a disfrutar de las lecturas en mi cuarto. Y extrañaba las charlas que teníamos de noche con mi amigo, debajo de la autopista, mirando los autos cómo iban y venían; y de vez en cuando uno cerraba los ojos, escuchaba una historia erótica que el otro le contaba y se entregaba a ver las estrellas.
Otro día, mucho tiempo después, caminaba por el pasto escuchando a Morrissey, mirando el cielo incendiado del Parque Sarmiento cuando llegué a la canchita para incorporarme al equipo gay. Me encontré con más de 20 chicos que elongaban, vestidos como jugadores de fútbol profesionales. Los nervios por tener que hablar con gente desconocida fueron los mismos que tuve el primer día de trabajo. Mientras los chicos contaban anécdotas del sábado a la noche y planeaban estrategias de juego, yo miraba un tero que iba y venía por la cancha. 

Me acosté en el pasto mirando el cielo y me pareció un lugar mágico. Mientras hacía abdominales apareció Brother, el chico que hoy es mi mejor amigo, preguntándome de dónde venía, cuánto tiempo hacía que no jugaba, si había llevado agüita para tomar después del partido. Al rato se me acercó el DT y me contó cómo funcionaba el equipo. Me hizo un par de chistes, para que me distendiera y enseguida me di cuenta de que algunos jugaban muy bien. 

Pensé que era un lugar diverso, por la variedad de perfiles que había, por sus trabajos, profesiones y lugares donde vivían; pensé que nos unía algo que iba más allá de las cuestiones de circunstancias. En el equipo dejábamos atrás nuestros prejuicios para comunicarnos a través del juego, sintiéndonos identificados por un goce en común; y además podíamos ser más libres. Los chistes que hacíamos eran impensables en otro equipo. Explotábamos de risa cuando “9” le cambiaba el nombre a las palabras y en vez de botines decía tacos, cuando le pasaba la pelota a otro le decía que le debía un pt. Jugar con ellos me dio coraje para hacer una salida del clóset arrolladora. Fue como abrir la puerta y empezar a correr sin que nada me importara, como perder todos los miedos. 

Cuando escribo, al igual que cuando juego a la pelota, me siento libre, conectado con las personas y las cosas, salto de emoción y le presto atención a hechos mínimos que me hacen sentir feliz. Conecto una cosa con la otra y me divierto. Mi ex, con el que salí 12 años, decía que no hacía falta que escribiera las crónicas de fútbol gay, que terminaron en el libro Juego de chicos. Le explicaba que eso de que somos iguales era mentira, que los nazis mataron judíos y también gays, que los simbolizaban con un triángulo rosa invertido. Entre 1933 y el 1945 detuvieron a más de 100000 gays, que antes que gays eran personas; la mitad fue condenada y de 10000 a 15000 terminaron en campos de concentración; muchos de ellos, muertos.“¿Y te parece que hable de otra cosa, cuando las cosas que pasan en el equipo me parecen alucinantes”?, le decía. 

Un amigo escritor me hacía siempre el mismo chiste: “Facu, ¿cuándo vas a volver a ser hétero?” Hasta que un día me cansé y le pregunté “¿Cuándo te vas a hacer gay?”. En una muestra de arte, que curé en una galería, me encontré con el profe del gimnasio que me hacía compañía charlando mientras yo hacía cinta. Esta vez, yo estaba con mis amigos gays. Después de esa fiesta no volvió a tener tiempo de hacerme compañía en la cinta y cuando le pregunté qué le pasaba dejó salir su fantasma. Creía que los gays queríamos levantarnos a todos. Le expliqué que me gustaban los chicos que iban de 25 a 35 años, flacos y rubios (lo opuesto a él), y para rematarla lo explicité “Sorry, man, pero me gustan los chicos lindos. Conmigo no tenés oportunidad. Seguí participando”. 
“Y bueno”, me dijo mi amigo Cucurto: “el mundo, Facu, está lleno de prejuiciosos, ignorantes y tarados”. Pero no pude evitar sentirme mal.


Un día vi que un chico, para perderle el miedo a la pelota, pedía que lo ataran a un árbol y que lo bombardeen a pelotazos. Otro, una travesti se presentó en el entrenamiento para jugar con nosotros, contándonos que cuando era varón, jugaba en Defensores de Jujuy. Pero la decisión del equipo fue no dejarla entrar, argumentando que era un equipo de machos gays, y que si ella decía que era una mujer, se buscara un equipo de fútbol femenino. Los problemas empezaron a aparecer como los grillos del parque. 

Otros jugadores se quejaban de que el DT ponía a jugar a su novio en los partidos porque no tenía un criterio objetivo. Aparecieron los campeonatos en el exterior. No había presupuesto para que todos pudiéramos viajar y había que hacer una selección. La competición se había lanzado y la guerra interna también. Me di cuenta de que ya éramos un grupo como cualquier otro, incluso nosotros también discriminábamos a la travesti; parecido a lo que hacían los héteros con los gays. Pero también era cierto que habíamos construido un espacio donde podíamos divertirnos, comer un asado en el campo, salir a bailar y soltarnos y hablar libremente sobre lo que nos pasaba. Compartíamos vestuarios con equipos de compañeros de trabajo y nadie nos dijo nada. “Nos aceptan, Facu, porque realizamos las fantasías que ellos no pueden cumplir”, me dijo Brother. 

Un amigo escritor me preguntaba por qué jugaba en un equipo de fútbol gay, me preguntaba si no era una forma de autodiscriminación. “Si somos todos iguales, no hace falta que se pongan la camiseta de gays”. O sea que podíamos serlo pero no decirlo. Para su fiesta de cumpleaños me dijo que podía ir con mi novio, “pero nada de andar besándonos delante de nosotros, ni agarrarse de la mano”, me dijo; y por supuesto no fui. ¿De qué igualdad me hablaba mi amigo intelectual? 

Cuando me reunía con el equipo podía hacer comentarios libres, como decir lo fuerte que estaba el “9”; y eso cuando juego con los compañeros del trabajo no lo puedo hacer. Una vez jugamos contra unos motoqueros homofóbicos y cuando terminamos el partido vinieron donde estábamos tomando cerveza. No dejaban de mirarnos, de hacer chistes y un par de acomodarse descaradamente, justo allí. Tenían actitud de levante. Dos de nuestro equipo se fueron con ellos.”
“¿Ves, Facu, por qué me gustan los pibes proletarios?” me dijo Brother “porque ellos no se preguntan si son gay, héteros, bisexuales o trisexuales; ellos se dejan llevar por el deseo … Tus amigos intelectuales de clase media son re vuelteros … Y están cagados de miedo”.

El otro día, cuando invité a jugar a Cucurto al equipo, le pregunté cómo se había sentido después del partido. Me dijo que bien, pero que el juego era distinto. “¿Por qué?”. “No sé, Facu, porque juegan diferente …” “¿Cómo diferente?”, le pregunté frunciendo las cejas. “No sé, cuando alguien se cae le dan la mano. Son más cuidadosos … No juegan con violencia …”.


* Facundo R. Soto

Escritor y periodista, publicó “Juego de chicos. Crónicas de fútbol gay” y “Taller literario”, entre otros libros. También es psicólogo. Trabaja en el área de creatividad y manejo de las emociones.  Participó de Gays Apasionados Por El Fútbol (GAPEF), una liga en la que inicialmente fueron 20 jugadores y, luego, más de 80. También estuvo en el equipo “Los dogos”. Hoy juega con el grupo de fútbol recreativo FGD (Fútbol Gay Divertido). Entre sus gustos está escuchar a “Los Ramones” mientras anda en bicicleta y cortar la enredadera que, de tanto en tanto, invade su casa.


Por: Facundo R. Soto. Escritor y periodista.
Clarin.com
Imagenes: Web
Arreglos: MercoSur Gay

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