lunes, 19 de diciembre de 2011

20 DE DICEMBRE DE 2.001

Caldo de cultivo

Hubo unos días locos en que los reclamos premonitorios de militantes trans, lesbianas y gays se cruzaron en las calles con los cacerolazos del resto. La represión del Estado comenzó a unificar lenguajes y miradas. A diez años de aquel diciembre de 2001, los activistas Lohana Berkins, María Belén Correa, María Luisa Peralta y Rafael Aladjem recuerdan sensaciones y estrategias que fueron el germen de los logros que se alcanzaron después.


Para gran parte de las organizaciones glbt, el fin del menemismo no sólo no fue un cambio, sino que se presentaba como una amenaza, porque el nuevo presidente Fernando de la Rúa ya había desplegado todo su arsenal de homo-lesbo-transfobia como gobernador de la Ciudad de Buenos Aires. Un largo prontuario precedía al candidato elegido, pero para gran parte del país esos actos de represión de los que era responsable, pasaron desapercibidos, en parte por una complicidad de ciertos medios de comunicación, pero también por el peso ideológico que todavía tenían instituciones represivas, como la Iglesia. Pocos percibieron o difundieron la indignación y los actos de repudio de las organizaciones glbt. El 7 de noviembre de 1999, el suplemento Radar de Página/12 me permitió publicar un artículo, escrito junto a César Cigliutti, donde como parte de una campaña de la Comunidad Homosexual Argentina, se denunciaba la peligrosidad represiva del futuro régimen de Fernando de la Rúa, un mes antes de su asunción presidencial. La premonición se cumpliría día a día, hasta explotar en ese 19 y 20 de diciembre, prefigurado por numerosos actos de compromisos activistas que fermentaron en un saludable argentinazo gltb en forma de escrache constante, que luego se extendió a toda una nación indignada por las imágenes de la represión que el colectivo gltb vivía a diario. A diez años de esa resistencia premonitoria, algunxs activistas recuerdan la indignación, la fiebre, la resistencia, el dolor que no pudo disiparse con gases.

Homo, rebelde, únete

La segunda tapa del fanzine Homoxidal 500 estaba fotocopiada sobre una hoja roja, su color era la urgencia y retrataba un rostro gritando de desesperación o placer: la ambigüedad era doble porque esa cara era de una androginia manifiesta. Adentro se sucedían pequeños manifiestos que, no sólo desde el rock, punk y hardcore, atacaban preceptos de una cultura gay asimilacionista que se había expandido en el menemato a fuerza del falso free pass para las discos y pubs.. Ese segundo número de Homoxidal 500 salió el 3 de noviembre de 2001, el mismo día de la Marcha del Orgullo, y estaba pergeñado por su fundador, el músico y activista cultural Rafael Aladjem, de una manera muy artesanal, cortando y pegando, con el DIY (hazlo tu mismo) del punk como bandera de orgullo. “Fines de los ‘90 era un momento medio aletargado. En el final del menemismo empezó a estabilizarse la relación con la comunidad, donde los boliches no eran tan asaltados, no era cuestión de razzias tan permanentes. En coincidencia con esta década del menemismo, la cultura gay había encontrado en el consumo un espacio de paridad y de igualdad con el resto de la sociedad. Y en esa época aparece Amerika como la Catedral de la putez. Era una situación de querer un poco de estabilidad después de no haberla tenido antes, y bueno, quedémonos con esto, encerrados en el closet del boliche. No había necesidad de estar bien fuera del boliche, o de organizarse masivamente”, recuerda ahora, una noche en la puerta de una fiesta Eyeliner, heredera del espíritu homocore con que su fanzine extendió la sensibilidad rocker dentro del mundo vernáculo. Un primer volante de las fiestas pregonaba “Homo, rebelde, únete” y Homoxidal 500 descargaba contra el incipiente mercado gay, propiciado por el menemato y el delarruismo porteño, que perseguían a la diversidad sexual del espacio público para enclaustrarla entre las cuatro paredes con derecho de admisión, ya sea desalojando a la Aldea gay o persiguiendo a las travestis de Palermo. En ese urgente número dos, se establecía como referente setentoso al Frente de Liberación Homosexual, con una nota que defendía cierta militancia libertaria. “El fanzine tenía esa retórica más belicista, disparar un poco con gatillo fácil, por una cuestión de necesidad personal, pero también fue parte de un montón de cosas que empezaron a pasar en ese momento. Cuando me dediqué a hacerlo, cuando tuvo continuidad, estaban pasando cosas que, si las ponés en una línea de tiempo, son el antecedente de la situación de militancia que tenemos hoy. Si vos me ponías a mí imaginando lo que iba a pasar en diez años, jamás me iba a pensar que se iba a llegar al lugar donde estamos. Aquel momento, a principios del 2000, coincide con un montón de cosas, las marchas empiezan a multiplicar masivamente la cantidad de asistencia, empezás a ver banderas de partidos políticos acompañando. Mirándolo un poco en perspectiva, no siento el fanzine ajeno a lo que estaba pasando. En el momento tenía superclaro que esta fantasía del mundo gay que empezaba a aflorar a fines de los 90 era totalmente exclusiva, pero de exclusión, totalmente clasista, sin conciencia y sin diversidad. Y muy orientada a una zona de confort que la sociedad consumidora había encontrado y en la que se sentía más incluida. Lo sentía como bizarro, e insistía en que era necesario expandir, que la vida de los putos, las lesbianas y trans aflore en los lugares de donde es cada cual, donde frecuenta. En el 2000 estuve en una razzia en Amerika y fue impactante, sólo había oído hablar de las razzias en Alfonsín, que habían dejado una marca en la generación anterior a la mía. Y el día que me tocó vivirlo, en una versión más leve de lo debían haber sido en los ‘80, me pegó mal. El mayor espanto no tuvo que ver con la modalidad de la razzia, que era bastante agresiva, usaban el baño como trampa para ratones y todo el que entraba lo revisaban. A mí lo que más me espantaba era que el boliche seguía funcionando, puto que lograba salir, que había sido registrado y no pasaba nada, volvía a bailar. Si venían de una época anterior donde te cagaban a palos todos los fines de semana, entiendo que te abraces a ese espacio como si fuese una conquista tener un boliche. Me parece que era tal la comodidad que habían generado estas cápsulas, estas células de consumo, que el puto quería preservar la ilusión de no perderlo a cualquier precio, había como una negación de lo que estaba pasando. Casi nadie reaccionaba frente a la represión.” El corralito, antes que una forma de retención financiera de los ahorros, era la ilusión de que el mercado gay era un sistema económico de represión de la libertad, pocos pudieron ver esto y difundirlo como los cuatro números de Homoxidal 500 que Aladjem, con la colaboración de Pilar y Patricia de She Devils y otrxs insubordinadxs queer, alentaron contra el sistema de exclusión. Algunxs de los que fuimos a las plazas, a las esquinas, a las asambleas, a gritar contra De la Rúa primero y después contra Duhalde, habíamos aprendido a agitar mejor, más fuerte o más comunitariamente, escribiendo o leyendo ese fanzine.

Aquí está la resistencia trans

En un café de la Diagonal Sur, con la Plaza de Mayo en perspectiva, Lohana Berkins recuerda aquellos días en que el delaruismo capitalino primero y el nacional después, trazó una escalada de transfobia. “De la Rúa, antes de que fuera presidente, intenta inaugurar la cárcel contravencional, donde por primera vez iban a reconocer a las travestis porque iba a haber un pabellón exclusivo. Mirá vos, solamente nos tenían en cuenta para la punición. Te metían en cana pero en un calabozo propio. El Estado aquel nunca quiso dialogar con nosotras, nunca nos vio como sujetas de derecho. Ahí se resume cuál era la política hacia nosotras: sólo represión. Nuestra furia del 19 y 20 de diciembre no era por la crisis económica, sino por la represión que el Estado había hecho sobre nuestros cuerpos. Y por primera vez, cuando salimos a cacerolear, cuando menos nos miraban, mejor miradas nos sentimos, porque ya no éramos las indecorosas siliconas, las provocativas, éramos minas que estábamos ahí defendiendo contra una agresión abusiva del Estado que involucraba a todos y todas”. Y ese día de diciembre del argentinazo, Lohana, a cargo de Alitt, habló por teléfono con Nadia Echazú, que era responsable de Ottra, con ese gran sentido de fraternidad que tienen las organizaciones trans. “Me acuerdo que la Nadia ese día me dijo: ‘Estoy contenta porque por fin nos tocó a todos, porque les tocó a ellos’. Nosotros sentíamos eso, que por primera vez el pueblo sabía lo que era el rigor y la represión, salir a poner la vida por defender ese derecho a la democracia, a la libertad. Además, me acuerdo que las travestis preferíamos morir en la escena pública, porque por lo menos, era sentir que moríamos por algo, y no morir en nuestras casas o en las cárceles. ”.

Lohana tiene su propia épica de esos días: “Me acuerdo, que iba más allá: un tipo quiso hacer un comentario travestofóbico y un chico joven le dijo ‘¿Qué te pasa? No ves que está acá y tiene todo el derecho a protestar.’ Yo estaba enardecida con la cacerola. Me acuerdo que había una señora mayor que me pregunta ‘¿Usted cree que yo puedo ir a Plaza de Mayo?’ ‘Sí’, le dije y la empecé a fervorizar. La llevaba de la mano a la señora y le dije que la iba a cuidar. Cuando llegamos a Plaza de Mayo, eso ya era una muchedumbre. Entonces, como siempre, no es que la historia me iba a pescar en la última fila: empezamos a avanzar con la señora hasta bien en frente de la Casa Rosada. Y estaban los pibes intentando abrir la puerta. En una de esas, tiraron gas y me pega a mí en las tetas. Me caí un poco desmayada y me olvidé de la señora. Un pibe finalmente me sacó y yo corrí y corrí, tiraban tiros para arriba para amedrentar a la gente. Otro chico sacó una remera mojada y me la puso en la cara porque me agarró vómitos, y eso me tranquilizó un poco. Ahí me acordé de la señora, pero nunca más la volví a ver a la pobre. Nunca había visto tanta gente, para mí era como la revolución rusa. Y ahí nos habíamos encontrado con amigos, compañeras y compañeros. Volví a casa y no me podía dormir, me acosté sólo tres horas y me volví a la Legislatura, donde trabajábamos, y me hice un cartel que me lo até al pecho que decía ‘No al Estado de Sitio’. Y el 20 de diciembre nos encontramos con compañeros con banderas del orgullo, empezaron a aparecer las locas. Me acuerdo el nivel de excitación que teníamos, se armó un piquete travesti en la 9 de Julio y en Palermo también. Las travestis salieron masivamente, nuestra demanda era, primero y principalmente, la represión, que se había recrudecido, los edictos policiales que no se habían desmontado, el Estado tenía ese control selectivo sobre nosotras.” El 17 de febrero de 2000, con De la Rúa recién asumido como presidente, varias organizaciones como Alitt, Attta, Ottra, Futuro Transgenérico y la CHA hicieron una protesta pública de 24 horas contra la amenaza de inauguración de la Cárcel Contravencional en la Ciudad de Buenos Aires, proyecto impulsado por Patricia Bullrich e iniciado por el delarruismo porteño para aplicar principalmente sobre la comunidad travesti. La consigna del escrache fue “Cárceles no, presupuesto para educación y trabajo”; ni Clarín ni La Nación cubrieron la noticia.

“Siempre De la Rúa siguió muy radical en sus posiciones de mano dura. Al ver que la situación no cambiaba, muchas compañeras travestis tenían el sueño de irse masivamente a Europa, cosa que ahora no pasa. Incluso las que van, que son aisladas, es claramente por una temporada, después se vuelven. El nivel de represión era muy duro, seguíamos siendo llevadas a las cárceles: Mirtha, en el año 1999, que en ese entonces tendría 60 años, cumplió 30 días de arresto por trava en la comisaría de Flores. Pagamos abogado y nada, los tuvo que cumplir igual. Eso hacía que las compañeras se vayan. Las detenciones eran ilegales porque la misma policía tenía el poder de detenerte y liberarte, las cosas no se judicializaban. Además, si te cobraban multa no tenían que detenerte, pero te cobraban y te detenían igual. Y también recibían el dinero para el cuidado de un detenido, pero no nos daban ni un vaso de agua. La represión era acompañada por un nivel terrible de corrupción.” Antes de que el exilio masivo sea propiciado por el corralito, el riesgo país y el default final, las travestis salieron expulsadas de Argentina por la represión policial e institucional. Una de las exiliadas que más recuerda Lohana es su compañera de activismo María Belén Correa, presidenta de Attta entre 1995 y 2002.

La Evita de los cabarets alemanes

Junto a Nadia Echazú, Lohana Berkins y Marlene Wayar, María Belén Correa fue una de las activistas trans más visibles en la resistencia del segundo lustro de los ‘90. Su exilio fue en noviembre de 2001, tras participar de la Marcha del Orgullo y ser parte central con su show de una fiesta hardcore-punk del fanzine Homoxidal 500. María Belén buscó formas diversas de revelar la terrible situación de las travestis, explorando incluso su veta artística, que le permitió crear espectáculos de denuncia. “En esa época representaba Zapatos de tacos altos, que era una obra de teatro, un monólogo sobre una chica que se levantaba y hablaba con una compañera con vih. La obra terminaba con que la compañera se descomponía, y cuando yo salía a la calle a pedir ayuda, me arrestaban y me llevaban presa. Eran cosas que pasaban, tenías una emergencia y no podías contar con ayuda. Por ejemplo, yo no conocía el Obelisco, lo había visto desde dentro de un auto, pero nunca puede pasar caminando y quedarme mirando como un turista”, recuerda hoy, en una charla telefónica desde su exilio, temporariamente viviendo en Hannover, Alemania, con su pareja, Nico. María Belén se transformó en una migrante, tiene su residencia actual en Estados Unidos, donde pidió asilo político tras su huida de la represión argentina y tiene que volver cada tres meses. “Tuve que tomar la decisión de exiliarme porque habían matado a dos chicas que vivían conmigo y a otras dos las metieron presas por nada. Sabíamos que nos estaban cercando. Vivía en una casa grande con otras siete chicas trans; había siempre un policía en la puerta y parecía que teníamos un allanamiento constante. Y así fue que pedí el asilo político en EE.UU.” No fue fácil: un juicio de asilo político normalmente dura un año, a ella le costó tres y la imposibilidad de volver a su país por siete años. “Cuando volví en 2008, con un juez de inmigración y por solo cuatro días, me sorprendí de ver chicas transexuales andando en bicicleta en Corrientes y Callao. Ahí me acordé cuando la Comisaría 25ª me llevó arrestada con la bicicleta, porque estaba andando por Palermo. En una época nosotras salíamos a la calle con perros, teníamos perros grandes y nos salvábamos de ir presas porque no sabían cómo arrestarnos con esos perrazos. Eramos las travestis de los dobermans, los ovejeros alemanes, estaba la que tenía dos collies. Mi ovejero alemán me salvó un montón de veces.” La pasión activista de María Belén Correa no decreció a la distancia, fue fundadora de la organización Mateando, un colectivo gltb de argentinos y uruguayos que viven en Nueva York (www.mateandonyc.org), participa de la Red Lac Trans (www.redlactrans.org.ar) y nunca se desvinculó de Attta, a pesar de la distancia. Donde no puedo estar fue en las jornadas de resistencia de Plaza de Mayo en diciembre de 2001, estaba en una casa colectiva de personas trans en su exilio estadounidense, alojada gracias a la solidaridad de sus compañeras. “Todo el 19 y 20 de diciembre lo estaba viendo en vivo desde allá, porque teníamos Direct TV, había tres televisores, uno sintonizaba Telefé, otro CNN y otro Telemundo. Y estaba compartiendo todo con chicas de Venezuela y Puerto Rico, que tenían una imagen de Argentina como el país de Latinoamérica que estaba bien. También estaba con otra argentina, Cinthia Pérez, una de Attta que se había ido un año antes, era una de las que tenían perros grandes, tenía un dogo argentino. La mayoría de ese tiempo estamos exiliadas, hay toda una generación que se fue, ahora vive en Francia, España”, recuerda desde Hannover, donde trabaja en shows de cabarets haciendo su ya típica encarnación del musical Evita, que comenzó haciendo en las escalinatas del Congreso en las primeras Marchas del Orgullo, cuando aún no había escenario, ni una muchedumbre. Volvió a la última Marcha, porque no pudo con su genio activista. Va a volver ahora con su pareja Nico, quien le regaló el pasaje para conocer a los familiares de su novia María Belén, y para que ella pueda pasar por primera vez en doce años la Navidad en familia. También aprovecha para venir a buscar el nuevo DNI y el pasaporte argentino que le hicieron con el nombre que eligió. El vuelo desde Alemania aterriza en Buenos Aires el 19 de diciembre, justo para que ella pueda ir a la Plaza de Mayo a recordar y celebrar el décimo aniversario de los héroes y las heroínas de la resistencia que el colectivo lgtb no sólo acompañó, sino también ayudó a prefigurar.


“ARGENTINA PRUEBA QUE LOS CIUDADANOS PUEDEN CAMBIAR EL CURSO DE LA HISTORIA”


REPORTAJE EXCLUSIVO Stéphane Hessel, el hombre del año que con su libro Indígnense se convirtió en el punto de referencia del movimiento que sacude a todo el mundo, explica cómo el sistema financiero anexionó a la política, analiza la crisis europea y respalda los cambios que la profundización democrática produjo en América latina.

“Los bancos se pusieron contra la democracia”

A los 94 años, después de pelear en la Resistencia, sobrevivir a los campos nazis y escribir la Declaración Universal de los Derechos Humanos, publicó un librito de 32 páginas que tuvo un eco global. Su visión de la democracia y el efecto de Argentina en su pensamiento.

La revuelta no tiene edad ni condición. A sus afables, lúcidos y combativos 94 años Stéphane Hessel encarna un momento único de la historia política humana: haber logrado desencadenar un movimiento mundial de contestación democrática y ciudadana con un libro de escasas 32 páginas, Indígnense. El libro apareció en Francia en octubre de 2010 y en marzo de 2011 se convirtió en el zócalo del movimiento español de los indignados. El casi siglo de vida de Stéphane Hessel se conectó primero con la juventud española que ocupó la Puerta del Sol y luego con los demás protagonistas de la indignación que se volvió planetaria: París, Londres, Roma, México, Bruselas, Nueva York, Washington, Tel Aviv, Nueva Delhi, San Pablo. En cada rincón del mundo y bajo diferentes denominaciones, el mensaje de Hessel encontró un eco inimaginable.

Su libro, sin embargo, no contiene ningún alegato ideológico, menos aún algún llamado a la excitación revolucionaria. Indígnense es al mismo tiempo una invitación a tomar conciencia sobre la forma calamitosa en la que estamos gobernados, una restauración noble y humanista de los valores fundamentales de la democracia, un balde de agua fría sobre la adormecida conciencia de los europeos convertidos en consumidores obedientes y una dura defensa del papel del Estado como regulador. No debe existir en la historia editorial un libro tan corto con un alcance tan extenso.

Quien vea la movilización mundial de los indignados puede pensar que Hessel escribió una suerte de panfleto revolucionario, pero nada es más ajeno a esa idea. Indígnense y los indignados se inscriben en una corriente totalmente contraria a la que se desató en las revueltas de Mayo del ’68. Aquella generación estaba contra el Estado. Al revés, el libro de Hessel y sus adeptos reclaman el retorno del Estado, de su capacidad de regular. Nada refleja mejor ese objetivo que uno de los slogans más famosos que surgieron en la Puerta del Sol: “Nosotros no somos antisistema, el sistema es antinosotros”.

En su casa de París, Hessel habla con una convicción en la que la juventud y la energía explotan en cada frase. Hessel tiene una historia personal digna de una novela y es un hombre de dos siglos. Diplomático humanista, miembro de la Resistencia contra la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, sobreviviente de varios campos de concentración, activo protagonista de la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, descendiente de la lucha contra esas dos grandes calamidades del siglo XX que fueron el fascismo y el comunismo soviético. El naciente siglo XXI hizo de él un influyente ensayista.

Cuando su libro salió en Francia, las lenguas afiladas del sistema liberal le cayeron con un aluvión de burlas: “el abuelito Hessel”, el “Papá Noel de las buenas conciencias”, decían en radio y televisión las marionetas para descalificarlo. Muchos intelectuales franceses dijeron que esa obra era un catálogo de banalidades, criticaron su aparente simplismo, su chatura filosófica, lo acusaron de idiota y de antisemita. Hasta el primer ministro francés, François Fillon, descalificó la obra diciendo que “la indignación en sí no es un modo de pensamiento”. Pero el libro siguió otro camino. Más de dos millones de ejemplares vendidos en Francia, medio millón en España, traducciones en decenas de países y difusión masiva en Internet.

El ultraliberalismo predador, la corrupción, la impunidad, la servidumbre de la clase política al sistema financiero, la anexión de la política por la tecnocracia financiera, las industrias que destruyen el planeta, la ocupación israelí de Palestina, en suma, los grandes devastadores del planeta y de las sociedades humanas encontraron en las palabras de Hessel un enemigo inesperado, un argumentario de enunciados básicos, profundamente humanista y de una eficacia inmediata. Sin otra armadura que un pasado político de socialdemócrata reformista y un libro de 32 páginas, Hessel les opuso al pensamiento liberal consumista y al consenso uno de los antídotos que más teme, es decir, la acción.

No se trata de una obra de reflexión política o filosófica sino de una radiografía de la desarticulación de los Estados, de un llamado a la acción para que el Estado y la democracia vuelvan a ser lo que fueron. El libro de Hessel se articula en torno de la acción, que es precisamente a lo que conduce la indignación: respuesta y acción contra una situación, contra el otro. Lo que Hessel califica como mon petit livre es una obra curiosa: no hay nada novedoso en ella, pero todo lo que dice es una suerte de síntesis de lo que la mayor parte del planeta piensa y siente cada mañana cuando se levanta: exasperación e indignación.

–Usted ha sido de alguna manera el hombre del año. Su libro tuvo un éxito mundial y terminó convirtiéndose en el foco del movimiento planetario de los indignados. Hubo, de hecho, dos revoluciones casi simultáneas en el mundo, una en los países árabes y la que usted desencadenó a escala planetaria.

–Nunca preví que el libro tuviera un éxito semejante. Al escribirlo, había pensado en mis compatriotas para decirles que la manera en la que están gobernados plantea interrogantes y que era preciso indignarse ante los problemas mal solucionados. Pero no esperaba que el libro se viera propulsado en más de cuarenta países en los cuatro puntos cardinales. Pero yo no me atribuyo ninguna responsabilidad en el movimiento mundial de los indignados. Fue una coincidencia que mi libro haya aparecido en el mismo momento en que la indignación se expandía por el mundo. Yo sólo llamé a la gente a reflexionar sobre lo que les parece inaceptable. Creo que la circulación tan amplia del libro se debe al hecho de que vivimos un momento muy particular de la historia de nuestras sociedades y, en particular, de esta sociedad global en la que estamos inmersos desde hace diez años. Hoy vivimos en sociedades interdependientes, interconectadas. Esto cambia la perspectiva. Los problemas a los que estamos confrontados son mundiales.

–Las reacciones que desencadenó su libro prueban que existe siempre una pureza moral intacta en la humanidad.

–Lo que permanece intacto son los valores de la democracia. Después de la Segunda Guerra Mundial resolvimos problemas fundamentales de los valores humanos. Ya sabemos cuáles son esos valores fundamentales que debemos tratar de preservar. Pero cuando esto deja de tener vigencia, cuando hay rupturas en la forma de resolver los problemas, como ocurrió luego de los atentados del 11 de septiembre, de la guerra en Afganistán y en Irak, y la crisis económica y financiera de los últimos cuatro años, tomamos conciencia de que las cosas no pueden continuar así. Debemos indignarnos y comprometernos para que la sociedad mundial adopte un nuevo curso.

–¿Quién es responsable de todo este desastre? ¿El liberalismo ultrajante, la tecnocracia, la ceguera de las elites?

–Los gobiernos, en particular los gobiernos democráticos, sufren una presión por parte de las fuerzas del mercado a la cual no supieron resistir. Esas fuerzas económicas y financieras son muy egoístas, sólo buscan el beneficio en todas las formas posibles sin tener en cuenta el impacto que esa búsqueda desenfrenada del provecho tiene en las sociedades. No les importa ni la deuda de los gobiernos, ni las ganancias escuetas de la gente. Yo le atribuyo la responsabilidad de todo esto a las fuerzas financieras. Su egoísmo y su especulación exacerbada son también responsables del deterioro de nuestro planeta. Las fuerzas que están detrás del petróleo, las fuerzas de las energías no renovables nos conducen hacia una dirección muy peligrosa. El socialismo democrático tuvo su momento de gloria después de la Segunda Guerra Mundial. Durante muchos años tuvimos lo que se llama Estados de providencia. Esto derivó en una buena fórmula para regular las relaciones entre los ciudadanos y el Estado. Pero luego nos apartamos de ese camino bajo la influencia de la ideología neoliberal. Milton Friedman y la Escuela de Chicago dijeron: “déjenle las manos libres a la economía, no dejen que el Estado intervenga”. Fue un camino equivocado y hoy nos damos cuenta de que nos encerramos en un camino sin salida. Lo que ocurrió en Grecia, Italia, Portugal y España nos prueba que no es dándole cada vez más fuerza al mercado que se llega a una solución. No. Esa tarea les corresponde a los gobiernos, son ellos quienes deben imponerles reglas a los bancos y a las fuerzas financieras para limitar la sobreexplotación de las riquezas que detentan y la acumulación de beneficios inmensos mientras los Estados se endeudan. Debemos reconocer que los bancos se pusieron en contra de la democracia. Eso no es aceptable.

–Resulta chocante comprobar la indiferencia de la clase política ante la revuelta de los indignados. Los dirigentes de París, Londres, Estados Unidos, en suma, allí donde estalló este movimiento, hicieron caso omiso ante los reclamos de los indignados.

–Sí, es cierto. Por ahora se subestimó la fuerza de esta revuelta y de esta indignación. Los dirigentes se habrán dicho: esto ya lo vimos otras veces, en Mayo del ‘68, etc., etc. Creo que los gobiernos se equivocan. Pero el hecho de que los ciudadanos protesten por la forma en que están gobernados es algo muy nuevo y esa novedad no se detendrá. Predigo que los gobiernos se verán cada vez más presionados por las protestas contra la manera en que los Estados son gobernados. Los gobiernos se empeñan en mantener intacto el sistema. Sin embargo, el cuestionamiento colectivo del funcionamiento del sistema nunca fue tan fuerte como ahora. En Europa atravesamos por un momento muy denso de cuestionamiento, tal como ocurrió antes en América latina. Yo estoy muy orgulloso por la forma en que la Argentina supo superar la gravedad de la crisis. Ello prueba que es posible actuar y que los ciudadanos son capaces de cambiar el curso de las cosas.

–De alguna manera, usted encendió la llama de una suerte de revolución democrática. Sin embargo, no llama a una revolución. ¿Cuál es entonces el camino para romper el cerco en el que vivimos? ¿Cuál es la base del renacimiento de un mundo más justo?

–Debemos transmitirles dos cosas a las nuevas generaciones: la confianza en la posibilidad de mejorar las cosas. Las nuevas generaciones no deben desalentarse. En segundo lugar, debemos hacerles tomar conciencia de todo lo que se está haciendo actualmente y que va en el buen sentido. Pienso en Brasil, por ejemplo, donde hubo muchos progresos, pienso en la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que también hizo que las cosas progresaran mucho, pienso también en todo lo que se realiza en el campo de la economía social y solidaria en tantos y tantos países. En todo esto hay nuevas perspectivas para encarar la educación, los problemas de la desigualdad, los problemas ligados al agua. Hay gente que trabaja mucho y no debemos subestimar sus esfuerzos, incluso si lo que se consigue es poco a causa de la presión del mundo financiero. Son etapas necesarias. Creo que, cada vez más, los ciudadanos y las ciudadanas del mundo están entendiendo que su papel puede ser más decisivo a la hora de hacerles entender a los gobiernos que son responsables de la vigencia de los grandes valores que esos mismos gobiernos están dejando de lado. Hay un riesgo implícito: que los gobiernos autoritarios traten de emplear la violencia para acallar las revueltas. Pero creo que eso ya no es más posible. La forma en que los tunecinos y los egipcios se sacaron de encima a sus gobiernos autoritarios muestra dos cosas: una, que es posible; dos, que con esos gobiernos no se progresa. El progreso sólo es posible si se profundiza la democracia. En los últimos veinte años América latina progresó muchísimo gracias a la profundización de la democracia. A escala mundial, pese a las cosas que se lograron, pese a los avances que se obtuvieron con la economía social y solidaria, todo esto es demasiado lento. La indignación se justifica en eso: los esfuerzos realizados son insuficientes, los gobiernos fueron débiles y hasta los partidos políticos de la izquierda sucumbieron ante la ideología neoliberal. Por eso debemos indignarnos. Si los medios de comunicación, si los ciudadanos y las organizaciones de defensa de los derechos humanos son lo suficientemente potentes como para ejercer una presión sobre los gobiernos las cosas pueden empezar a cambiar mañana.

–¿Se puede acaso cambiar el mundo sin revoluciones violentas?

–Si miramos hacia el pasado vemos que los caminos no violentos fueron más eficaces que los violentos. El espíritu revolucionario que animó el comienzo del siglo XX, la revolución soviética, por ejemplo, condujeron al fracaso. Hombres como el checo Vaclav Havel, Nelson Mandela o Mijail Gorbachov demostraron que, sin violencia, se pueden obtener modificaciones profundas. La revolución ciudadana a la que asistimos hoy puede servir a esa causa. Reconozco que el poder mata, pero ese mismo poder se va cuando la fuerza no violenta gana. Las revoluciones árabes nos demostraron la validez de esto: no fue la violencia la que hizo caer a los regímenes de Túnez y Egipto, no, para nada. Fue la determinación no violenta de la gente.

–¿En qué momento cree usted que el mundo se desvió de su ruta y perdió su base democrática?

–El momento más grave se sitúa en los atentados del 11 de septiembre de 2001. La caída de las torres de Manhattan desencadenó una reacción del presidente norteamericano Georges W. Bush extremadamente perjudicial: la guerra en Afganistán, por ejemplo, fue un episodio en el que se cometieron horrores espantosos. Las consecuencias para la economía mundial fueron igualmente muy duras. Se gastaron sumas considerables en armas y en la guerra en vez de ponerlas a la disposición del progreso económico y social.

–Usted señala con mucha profundidad uno de los problemas que permanecen abiertos como una herida en la conciencia del mundo: el conflicto israelí-palestino.

–Este conflicto dura desde hace sesenta años y todavía no se encontró la manera de reconciliar a estos dos pueblos. Cuando se va a Palestina uno sale traumatizado por la forma en que los israelíes maltratan a sus vecinos palestinos. Palestina tiene derecho a un Estado. Pero también hay que reconocer que, año tras año, vemos cómo aumenta el grupo de países que están en contra del gobierno israelí por su incapacidad de encontrar una solución. Eso lo pudimos constatar con la cantidad de países que apoyaron al presidente palestino Mahmud Abbas, cuando pidió ante las Naciones Unidas que Palestina sea reconocido como un Estado de pleno derecho en el seno de la ONU.

–Su libro, sus entrevistas, este mismo diálogo demuestran que, pese al desastre, usted no perdió la esperanza en la aventura humana.

–No, al contrario. Creo que ante las crisis gravísimas por la que se atraviesa, de pronto el ser humano se despierta. Eso ocurrió muchas veces a lo largo de los siglos y deseo que vuelva a ocurrir ahora.

–“Indignación” es hoy una palabra clave. Cuando usted escribió el libro, fue esa palabra la que lo guió.

–La palabra indignación surgió como una definición de lo que se puede esperar de la gente cuando abre los ojos y ve lo inaceptable. Se puede adormecer a un ser humano, pero no matarlo. En nosotros hay una capacidad de generosidad, de acción positiva y constructiva que puede despertarse cuando asistimos a la violación de los valores. La palabra “dignidad” figura dentro de la palabra “indignidad”. La dignidad humana se despierta cuando se la acorrala. El liberalismo trató de anestesiar esas dos capacidades humanas, la dignidad y la indignación, pero no lo consiguió.



POR: Diego Trerotola. PAGINA12
DESDE PARIS: Eduardo Febbro
ARREGLO FOTOGRÀFICO: ALBERTO CARRERA

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