martes, 27 de diciembre de 2011

PIER PAOLO PASOLINI. "TENEMOS UNA GRAN DEUDA CON ÈL"

Pasolini anticipó la Italia de Berlusconi. El director de cine no fue asesinado en 1975 por su orientación sexual, sino por denunciar en qué se transformaría la cultura italiana: una sociedad falsamente progresista, eclipsada por la “búsqueda vulgar de la riqueza”, afirma la autora.

Tenemos una gran deuda con Pier Paolo Pasolini. Nosotros, los italianos, en especial. Una deuda moral. No nos hemos dejado penetrar por sus palabras, no las hemos digerido incorporando sus valores nutritivos. Su muerte, similar desde el punto de vista iconográfico a sus películas, tuvo el posterior error de haber congelado a detractores y fanáticos culturales en un eterno debate sobre su trágico final.

Pier Paolo Pasolini (1922-1975) no fue asesinado porque era homosexual. Fue asesinado porque nos estaba anticipando en qué nos transformaríamos. Y este terrible retrato de Dorian Gray, en salsa italiana, no le gustaba a muchos. Pero hoy, cuando es más que evidente lo que está sucediendo en el país de La Dolce Vita, tenemos la posibilidad, pienso, de honrar nuestra deuda, de entender que, en sus palabras, estaba ya la fotografía de una Italia que, cincuenta años después, es lo que es; de comprender seriamente, por ejemplo, que aquel virus del que quiero hablar principalmente, la homologación, o sea la estandarización de los seres humanos, nos ha infectado también a nosotros.

Sus películas han cuestionado una estética precedente y han puesto en discusión los valores políticos y religiosos de un país que estaba conociendo el boom económico posterior a la guerra. Es necesario recordar que su literatura fue también reveladoramente significativa: el suspiro de temor que sus palabras nos arrancan, el virtuosismo de la indignación, la precisión casi óptica de su léxico. Se trata de un ejemplo del uso de la lengua italiana en su nivel máximo de expresión.

Una poesía que nos advertía y denunciaba lo que vendría con la fuerza de su voz débil. Su literatura metía el dedo donde se configurarían los vicios italianos posteriores: el rechazo de la tradición campesina, la búsqueda vulgar de la riqueza, el falso progresismo político manierista. Un genocidio cultural producto de una nueva forma de poder. Nada novedoso, claro. Ya lo habían visto pensadores alemanes y estadounidenses, como Adorno y Marcuse, para citar sólo a algunos.

Pero el mérito de Pasolini fue el de entender que aquello que había sido en su momento sólo anticipado en forma teórica estaba ahora comenzando a concretarse en la práctica “nell’Italietta” postbélica que, entonces, se lamía las heridas del fascismo.

No hará mal leer, precisamente en estos días en que Italia vive la caída de Berlusconi, algunos pasajes de Cartas Luteranas. Está allí, resumida, una serie de características de Italia, sobre todo de la considerada “izquierda progresista reformista” que, contenta por la caída de Il Cavaliere, en realidad no sabe todavía cuál es su verdadera responsabilidad en el fracaso del país: “Todos los italianos pueden llamarse fascistas entre ellos porque en todos los italianos hay un rasgo fascista. Todos se pueden definir católicos o clericales, todos se pueden llamar qualunquistas ”.

Sucede seguido que un burgués, católico, atrapado de una ansiedad de conformismo, haga una elección decisiva y se convierta en un progresista, o en un revolucionario, o en un comunista. ¿Con qué fin? Con la finalidad de vivir en paz su conformismo.

La sociedad nacida en la posguerra piensa no sólo en la reconstrucción sino en “cambiar la propia vida imitando la vida vulgarizada de los privilegiados e, incluso, conformándose con tener conciencia”. La fascinación del qualunquismo neocapitalista: la eficiencia, el iluminismo cultural, la “alegría de vivir”, la capacidad de abstracción actúan, en especial, sobre los espíritus simples. “La revolución de la estructura, del sistema, se hace necesaria”, decía en una entrevista de L’Unitá (1964).

Los cuerpos son muy importantes en la estética cinematográfica de Pasolini. Son aquellos cuerpos que hemos aprendido a reconocer como marca de su particular idea sobre el mundo. Tienen siempre rasgos distintivos de una belleza imprevisible: cejas espesas, carcajadas desdentadas, ojos inocentes y movedizos. Eran rostros capaces, en ese momento, de develar, a través de la forma, la historia de Italia. Hoy esos rostros no existen más. O mejor dicho: son todos iguales. Son todas caras del Gran Hermano que rechazan sus orígenes campesinos. Nadie quiere recordar que fue pobre, emigrante, ignorante y, con frecuencia, ateo.

Tratemos de sobreponer las palabras de Pasolini a las imágenes: “Un cuerpo es siempre revolucionario porque representa lo incodificable. Es en él que vivimos las situaciones codificadas, rindiéndolas inestables y escandalosas. Si, además, el cuerpo vive una vida indigna de ser vivida – un negro, un sardo, un gitano, un hebreo, un homosexual, un miserable – es también, evidentemente, revolucionario. Tal función no se manifiesta jamás en el cuerpo de un líder o de un ministro”. ¿Adónde terminó la fuerza revolucionaria del cuerpo de los italianos, aquella que nos hizo ser los maestros del neorrealismo?

Releamos un poema enviado a Jean Paul Sartre. Su título es Profecía y se encuentra en El libro de las cruces: “Alí, de ojos azules, uno de los tantos hijos de los hijos, llegará desde Argelia, en una nave a vela y a remos. Vendrán con él miles de hombres, con sus cuerpecitos y sus ojos de pobres perros, sobre barcos estancados en el Reino del Hambre”. Escrito en 1965 nos cuenta ya de los desembarcos de miles de inmigrantes que llegaron a las costas del sur de Italia en estos últimos veinte años.

Por último una reflexión sobre la tolerancia, término demasiado usado en estos tiempos. Dice Pasolini: “La tolerancia es falsa porque, en realidad, jamás ningún hombre tuvo que sea tan normal y conformista como el consumidor. Este nuevo poder ha homologado culturalmente a Italia. Una homologación represiva, obtenida a través de la imposición del hedonismo”.

Tenemos, nosotros los italianos –y no sólo los italianos– una deuda con Pasolini. Paguémosla.

Entender hoy estas palabras no detendrá, quizás, el infierno que él había previsto con tanta lucidez. Pero pueden revelar, a quien quiera escuchar, el deseo de belleza y de justicia, el estancamiento y la ruina de los sentimientos, que nos provocan una profunda conmoción.

Como escribió este poeta maldito: “La muerte no es el no poder comunicarse. La muerte es no poder ser comprendido”.


POR: Cristiana Zanetto. DIARIO CLARIN
Traducción de Carlos María Alsina.
ARREGLOS: ALBERTO CARRERA

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