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lunes, 2 de marzo de 2015

China: ​Padre de un persona Gay pide se apruebe Matrimonio Homosexual. "Chinese Gay Marriage"

Con una carta padre de joven gay pide a la Asamblea Nacional Popular de China legalizar el matrimonio homosexual.


El padre de un gay que vive en el sureste de China envió una carta a los miembros de la Asamblea Nacional Popular (ANP) para pedir la legalización del matrimonio homosexual, tres días antes de que comience el plenario del Legislativo chino, se informó hoy.

Lin Xianzhi, de 61 años y natural de la provincia meridional de Jiangxi, en China espera que su propuesta pueda ayudar a que se igualen los derechos para las parejas homosexuales, entre ellos la asistencia médica, la herencia y el traspaso de propiedades, según publica hoy el diario oficial "Global Times".

El hijo de Lin, Xiaotao, aseguró al medio que su padre aceptó su homosexualidad tras una fase de negación y que ahora es voluntario en la asociación de padres, familiares y amigos de gais y lesbianas de China (PFLAG, en sus siglas en inglés) para ayudar a normalizar la situación.

"Es injusto que no puedan casarse", dijo Lin al diario, y añadió que es un asunto al que se enfrentan más de 50 millones de familias en China.

Aunque algunos miembros de la Academia de Ciencias Sociales china citados por el diario se han manifestado a favor de la petición de Lin, expertos legales consideran muy improbable que la ley sea adoptada en un futuro próximo en China.

Se espera que centenares de propuestas sean debatidas y aprobadas por el plenario de la ANP, una de las dos reuniones políticas anuales más importantes del país asiático, junto al cónclave del Partido Comunista en otoño, y que se durará diez días. 


Por: Diariocorreo.pe
Imegen: Web
Arreglos: AC

domingo, 30 de junio de 2013

CUBA: FRANCISCO RODRÌGUEZ CRUZ "SOY PAQUITO, EL DE CUBA" MARTIANO, PERIODISTA, COMUNISTA Y GAY. "CONJURO REVOLUCIONARIO"

“Soy martiano, comunista y gay”.
Entrevista. Francisco Rodríguez Cruz. Bloguero cubano. Paquito el de Cuba es acaso el mejor blog que se hace en la isla. Es la bitácora de un periodista revolucionario que se aceptó homosexual y escribe su historia con honestidad para su hijo. Y para todos.


Francisco Rodríguez Cruz se hizo periodista y martiano por accidente, cuenta en su blog Paquito el de Cuba (http://paquitoeldecuba.wordpress.com/), uno de los más importantes y más originales de su país: “Hasta noveno grado yo juraba que sería ingeniero naval o aéreo”. Pero un fin de semana un Moskovich lo atropelló. “Fui a dar contra el parabrisas, que rompí con mi cuerpo para luego dar vueltas otra vez sobre el capó hasta caer al pavimento”. Una fractura y tres puntos, y una visita al dia siguiente del conductor del automóvil soviético –serie que aún circula emparchada por La Habana– con un regalo: las Obras Escogidas en tres tomos de José Martí. “Y comencé a leer y leer y leer... Me convertí en martiano furibundo, y de eso al periodismo como vocación no había más que un instintivo parpadeo.”


Por eso hoy su blog –cuyo nombre alude a la cantante de horrendas rancheras mexicanas, Paquita la del Barrio–, tiene un prólogo frontal y conmovedor, sincero como el amigo para el que Martí cultivaba una rosa blanca en junio cono en enero:

“Soy Paquito, el de Cuba; martiano y periodista; comunista y gay; ateo convencido y supersticioso ocasional; padre de un hijo varón a quien adoro y pareja desde hace diez años de un hombre seronegativo que me ama; paciente de SIDA desde el 2003 y sobreviviente por más de ocho años a un linfoma no Hodgkin; profesor universitario y alumno de la vida; seguidor de los temas económicos cubanos y apasionado devorador de literatura universal; opinático incontinente y beligerante mesurado; amigo de mis amigos y compasivo con mis enemigos; equivocado muchas veces y arrepentido nunca; optimista empedernido y entusiasta eterno; vivito y coleando; en fin, otro tipo normal y corriente, que quiere compartir contigo su historia, opiniones y anhelos.”

Y, más importante en un país donde la penetración de Internet en los habitantes llega apenas al 3%, Paquito el de Cuba tiene casi 300.000 accesos (400 visitas diarias) el 90 por ciento en la isla. De afuera –Estados Unidos, España y México–, entre los 48.000 comentarios llegan muchas críticas al sistema socialista que Paquito apoya: es editor del periódico nacional Trabajadores, cuya talla equivale a la de Granma o Juventud Rebelde. Pero Rodríguez Cruz jerarquiza: “Quienes tenemos el privilegio de acceder a Internet en Cuba deberíamos proponernos siempre mejorar algo en el país, no sólo ocuparnos de la hostilidad externa”.

Por eso este periodista puede publicar en Trabajadores “Cuba está en condiciones de tener una sociedad socialista próspera y sostenible” y “Economistas cubanos presentan soluciones”, y postear en Paquito el de Cuba “A modo de cierre para la VI Jornada contra la Homofobia: vamos por más” y “No hay restricciones en Cuba para homosexuales en el deporte”.



–¿Tiene usted un doble taller, como aconsejaba Ryszard Kapuscinski: su labor de jefe de Información en Trabajadores y su blog con temas de su interés personal?

–Uno construye sus espacios. El periódico no es mío: responde a una política editorial, la de los trabajadores de Cuba, y los editores debemos responder a ella. Me enorgullece cuando coincidimos en temas que humanamente me son cercanos, pero no siempre es así. También comento tres veces por semana en la revista informativa de Radio Rebelde, la emisora más importante, en un espacio que se llama Palabras con filo, que como indica su nombre es un espacio crítico. Pero mi blog es mi espacio para comunicarme. ¡Entonces lo que no digo en el periódico lo digo en la radio y lo que no digo en ninguno de esos espacios lo digo en el blog!

–¿Alguna vez le dijeron que se había pasado de la raya?

–No sé si es que ya me dan por loco, pero no, nunca... Siempre me preguntan: “¿Qué te dicen del blog en tu trabajo?” Y la verdad es que no me dicen nada. Sé que me leen; unos me comentan y otros no. A algunos les cuesta más, les avergüenza hablar sobre sexualidad... el antiguo director, que es como mi padre, que ahora se jubiló, me dijo: “Yo no quiero ni saber lo que tú escribes”. ¡Pero sabía! De todos modos, creo que lo más importante del blog para mí no ha sido esa realización personal sino que a partir de él me involucré en cosas.

–¿Por ejemplo?

–El activismo LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transgénero). Yo no conocía a nadie del Cenesex ni tenía participación alguna.
Militancia LGBT. Cenesex es la sigla del Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba, que dirige Mariela Castro, también responsable de la revista Sexología y Sociedad, jefa de la cátedra de Sexología y Educación de la Sexualidad de la Escuela Nacional de Salud Pública y profesora y miembro del Comité Académico de la Maestría de Sexualidad.
Además de hija de Raúl Castro.
Como le dijo a BBC Mundo: Mi papá me llevaba a la escuela de la mano, como todos los padres, y fue un amante muy romántico de mi mamá, Vilma Espín, presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas. Esa pareja nos transmitió a los hijos una gran estabilidad: nos enseñaron a amar, a creer en las personas aun cuando te engañen”. Y de esa experiencia, cree, surgió su trabajo en lo que era un pequeño Centro de Educación Sexual y en e 2004 se transformó en una gran organización de respeto y lucha por los derechos LGBT, y de las pocas oficiales.

Aquel año un grupo de travestis y transexuales que se dedicaban a la prostitución se acercaron para pedir ayuda porque la policía de La Habana los detenían por quejas de los vecinos y los turistas. Y de la prostitución, los actos represivos se extendieron más allá, revelando las raíces machistas que la revolución no extirpado aún, y que en su momento generaron la reclusión y trabajo forzado de los homosexuales y los católicos (entre ellos, el célebre escritor anticastrista Reinaldo Arenas y el arzobispo de La Habana Jaime Ortega) en los Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), entre 1965 y 1968. Mariela Castro alumbró el proyecto opuesto: una institución para “la educación, el trabajo comunitario, la orientación y la terapia para contribuir a que el ser humano viva su sexualidad de forma sana, plena, placentera y responsable”, según la web del Cenesex. La prevención del sida, los derechos LGTB y la lucha contra la violencia de género son algunos de los temas de los congresos que se realizan desde 1994, entre ellos las recientes VI Jornadas Cubanas Contra la Homofobia.

–Usted comentó que la primera marcha del orgullo gay tuvo sus ribetes cómicos...

–Fue casi todo el mes de mayo, con actos en el Pabellón Cuba, en la universidades, en todos lados. Pero coincidió con el Día del Campesino, el día que se celebra la reforma agraria, y justo la noche anterior habían dado en la televisión Secreto en la montaña... ¡los guajiros (campesinos) se sublevaron! Preguntaban por qué habían tomado su día “para los maricones”, les pareció un escándalo la película... Por suerte después el almanaque ya no ha coincidido, y de todos modos negociamos.

–¿Siente que esta militancia le cambió la vida?

–Ser gay es una faceta más de mi vida. Lo hago público en el blog porque al final los blogs son para contar las historias personales. Si no, hubiera seguido mi vida normal y algunas personas sabrían que soy gay, otras sabrían que soy seropositivo, otras no... Tampoco debía hacerlo público. Pero se convirtió en un boomerang positivo: me he ido involucrando en Hombres por la Diversidad, en el colectivo LGBT Arco Iris, en otras militancias imprevistas... tantas que no me queda ya tiempo. Y todo a partir del blog.

–Dice: “Tampoco debía hacerlo público”. ¿Qué lo movió a hacerlo?

–Tenía la posibilidad tecnológica: en Cuba es un privilegio tener Internet en la casa. Y a los periodistas nos van dando, a medida que hay posibilidad de conexión, también tuvimos una venta de computadoras subsidiada, en moneda nacional. Entonces se me ocurrió. No se habla mucho de mis temas y menos de el compromiso personal. Pero también me movió hacerlo para mi hijo Javier, que tiene once años, para que en algún momento, cuando llegue la hora, encuentre todas las explicaciones que se merece. Dejarlo todo por escrito pudiera ayudarlo a entender. Esa conversación con Javier es la única cosa que tengo pendiente de todo este proceso de autorreconocimiento.


Hemingway en el pasado, el hijo del futuro. Cojímar es una localidad distante veinte minutos en auto de La Habana, famosa porque allí solía verse el yate Pilar, de Ernest Hemingway, mientras el autor de Por quién doblan las campanas y París era una fiesta rumiaba una novela. En ese pueblo de 20.000 habitantes, al que llamaba “mi patria chica”, Hemingway pasó horas y tragos en un bar de pescadores, Las Terrazas de Cojímar, donde Gregorio Fuentes, un capitán canario emigrado, le contó su vida transfigurada, aunque sin perder la tristeza, en El viejo y el mar, acaso la última gran obra de Hemingway. Esa novela y ese escritor son orgullos de Cojímar, donde ahora se gesta Paquito el de Cuba y viven Rodríguez Cruz y su hijo.

–¿Javier ha leído su blog?

–No. Por un lado está mi acto de nudismo, esa necesidad de escribir que se guarda en el ciberespacio, pero en acuerdo con su mamá no hemos abordado directamente ni mi orientación sexual ni mi enfermedad. No sabemos cuándo es el momento. Ella y yo nos llevamos muy bien; también con la familia en general: el esposo de ella, mi pareja. Pensamos que lo mejor es que él se adapte a la situación, sin forzar nada. Javier quizá está más preparado para entender que muchos adultos... Él sabe que el blog existe, hemos ido a recoger premios juntos, pero cree prudente no preguntar. Hemos ido incorporándolo a cosas: desfiló el 1º de Mayo pasado con migo con la gente del Cenesex, con la bandera multicolor, y como es un tipo inteligente –lo lo admiro mucho– me preguntó “¿Y estos colores qué cosa son?” Le expliqué: “Es la bandera de la diversidad, que utilizan mucho los movimientos que defienden a los homosexuales”. Vamos manejándolo poco a poco; ya llegará el momento de tener la conversación

–¿Y sobre la enfermedad?

–Igual. Hace poco, le preguntó a su mamá: “¿Sabes que mi papá toma una pila de pastillas?”. Ella lo reconoció y le pregutó por qué creía él que yo las tomaba. Y él le dio una salida fantástica: “Para poder comer pizza y espagueti”. ¡Era cierto! Poco antes me habían salido altos los triglicéridos, porque los retrovirales alteran el mecanismo de los lípidos, y me vio con la medicación para eso y le di esa explicación. Él está elaborando todo. Y cuando quiera saber más, aquí escribo mi blog para él.



POR: MIRADAS AL SUR - SUR.INFONEWS.COM
FOTOGRAFÌAS: WEB
ARREGLOS: ALBERTO CARRERA

domingo, 10 de febrero de 2013

TESTIMONIO DE UN MILITANTE COMUNISTA Y HOMOSEXUAL

Confesiones de un militante homosexual y comunista. La izquierda rechazaba la libertad sexual. Hay una historia casi desconocida: en los 60, un grupo de homosexuales creó el primer grupo de defensa de sus derechos, que luego se convirtió en el Frente de Liberación Homosexual. El autor, afiliado también al PC, cuenta las múltiples discriminaciones que recibía.


En los años 60, yo militaba en grupos gremiales y políticos para los que la homosexualidad era despreciable. Una distorsión burguesa, según sus términos, como si la sexualidad entendiera de política.

Ser de izquierdas y gay no era fácil en aquella época. Mientras, los sectores conservadores nos consideraban doblemente subversivos: a su entender, no nos alcanzaba con destruir la estructura de clases, también íbamos contra la familia y el orden natural.

Fuimos muchos los “putos” que nos integramos a las luchas. Yo lo hice desde un lugar difícil, aunque original: el Partido Comunista, que amenazaba con centros de reeducación para los que nos excitábamos de una manera que ellos condenaban. Curioso, ahora pienso que esa misma mirada la defienden hoy algunos espacios de cristianos ortodoxos que llevan a sus “desviados” a terapias de curación.

¿Dónde estuvo el principio de la diferencia para mí? Nací con un soplo al corazón, tartamudeaba, era disléxico y, además, muy tímido. También era zurdo, y los maestros me obligaban a usar la mano derecha. Conclusión: vomitaba cada vez que iba a la escuela y mis padres, teniendo en cuenta que iba a morirme pronto por lo del soplo (según decían algunos cardiólogos), decidieron no mandarme más porque leer, ya sabía. Me transformé en lector voraz, así acallaba aquello que no debía ser dicho: yo me sentía distinto por todas esas cosas y por una más: siempre me habían atraído los varones.

Durante mucho tiempo el deseo tomaba fuerzas apenas hojeaba algunas revistas; antes que en cualquier otra cosa, mi mirada se detenía en las figuras masculinas. No había que decirlo.

El niño percibe que eso está mal y por eso calla. Recuerdo con dolor a mi maestro de cuarto grado que solía burlarse de mí. Me veía demasiado aniñado, amanerado, y eso le molestaba. La homofobia es implacable: no respeta ni a los niños.

En mi familia, el Correo era un destino. Mi padre estuvo empleado allí desde siempre; mis hermanos mayores, también. Éramos clase media baja, aunque mis padres nunca quisieron enterarse: eran ilustrados y de pensamiento progresista, votaban a los socialistas y cuando en el 46 llegó Perón, se convirtieron en antiperonistas y apoyaban a los radicales. Un clásico.

Uno de los pocos testimonios –de baja calidad técnica pero fuerte significado– de la militancia del FLH en los 70. En esta foto no está el autor, sí algunos de sus compañeros.
Siendo un adolescente fui elegido delegado sindical de FOECYT. Aterrado ante la posibilidad de hablar en las asambleas, empecé a asistir a un instituto de foniatría.

Un delegado tartamudo difícilmente logra captar voluntades. Puede parecer curioso, pero fue en las asambleas como empecé a conocer delegados sindicales gays, todos tan disimulados como yo. Ya no recuerdo cómo nos identificábamos. Detectaba algunas caras en las reuniones, veía coincidencia en los planteos, empezaba a hacer chistes que algunos festejaban y así me daba cuenta. La homosexualidad en esos años era un tabú absoluto del que nadie hablaba y, si se lo hacía, era en broma. Aunque nos hirieran, las bromas (que nosotros jamás hacíamos porque el humor entre los militantes era una materia pendiente) eran útiles, nos orientaban para saber de qué lado estaba cada uno y ante quiénes debíamos cuidarnos. Cuando la discreción es la norma y el secreto, una aventura, una mirada, un guiño, una sonrisa dicen más que el mejor de los volantes. La promesa del placer clandestino se juega en esos instantes robados al interés general. Sin embargo, poco pasábamos a los hechos; de tan reprimidos, los militantes gays éramos como hermanos incapaces de perpetrar el incesto.

Me afilié a la Federación Juvenil Comunista. Así empezó mi vida de “cuadro”, como se decía entonces: secretario del círculo de la FJC en el Correo y responsable sindical en algunos gremios (Bancario, Seguros, Comercio). Sin embargo, seguía siendo ingenuo y creía en el Partido, por eso tuve la ocurrencia de plantear por escrito, a la dirección de la FJC, un debate sobre la homosexualidad. El Partido no era el Vaticano, pero el dogma era su bandera y la propuesta resultaba tan pecaminosa para uno como para el otro. No se hablaba sobre homosexualidad, ni siquiera sobre sexo; hasta un aborto o un divorcio eran consultados con el responsable político de la célula. Me aislaron de toda actividad política y me pasaron al P.C. –con los adultos, no con los jóvenes: quizás haya sido “peligroso”– como si fuera una promoción. Amablemente, me enviaron a la consulta con un psiquiatra del Partido, un hombre encantador que no intentó que cambiara de tendencia sexual y que me alentó a tener relaciones, al tiempo que sostenía, convencido, que la Unión Soviética era en sí misma psicoterapéutica. Pero yo no me animaba. Digamos que no soy un gay “típico”, tuve muy pocas relaciones y, desde 1975, una única pareja, con Ricardo Lorenzo, con quien aún vivo.


Antes de él, fui de la represión a la depresión, como quien pasa de una letra a la otra. La primera me hizo caer en la segunda de manera preocupante.

Me internaron en el Hospital Vieytes, el manicomio.

La vida allí era el espanto que suelen mostrar las películas. De esa época atroz conservo dolorosos recuerdos: el médico haciendo su aparición como un falso sacerdote sagrado; los atardeceres de pastillas, los pacientes haciendo cola para recibirlas y tomarlas frente a una enfermera controladora; mi madre trayéndome algo caliente en un termo, y sobre todo el olor, un olor a humedad constante, a comida rancia, que lo impregnaba todo. Inconfundiblemente, así huele la locura en los hospitales. Pasé un mes sumergido en la pesadilla, atontado por los electroshocks que me dejaban inerme, vagando por los pasillos del extravío. Créase o no, me recuperé (de la depresión, no de la homosexualidad).

Cuando salí, entré a trabajar en la agencia de noticias soviética DAN. Su director, tan encantador como estalinista, me recibió cordialmente. Pronto me llamó para decirme que de haber sido informado de mi condición, no me habría contratado. Pensaba que los homosexuales éramos muy vulnerables al chantaje. ¿La seducción de los cuerpos podía más que las convicciones? A puertas cerradas, discutíamos sobre política, a veces terminaba diciendo: “Héctor, ya verás cómo al final, el Partido siempre tiene razón”. Pero no la tenía. Me había silenciado, aunque yo haría oír mi voz –y las de otros como yo– por otras vías.

A fines de 1967, un grupo de homosexuales proletarios nos habíamos reunido en un conventillo de Lomas de Zamora para hablar de los edictos que permitían que la policía nos detuviera –en la calle, en baños públicos, en parques– por el solo hecho de serlo. Cada detención suponía 21 días en la cárcel de Villa Devoto, y 28 si se iba vestido de mujer. A veces, al detenido lo obligaban a limpiar, a cebar mate e incluso a brindar algún servicio sexual de urgencia. Pero lo peor no era eso, sino la pérdida del trabajo, la humillación frente a las familias... A mí me detuvieron muchas veces, siempre por la actividad política. Siendo homosexual y militante de un partido proscripto, tenía que cuidarme el doble. Sin embargo, conocía el sufrimiento de quienes veían expuesta su condición por el ensañamiento de los policías, tan machos, ellos. Los peores eran los que iban de civil a los baños. Premeditadamente, buscaban el chantaje, incluso empezaban una relación, y después iban y saqueaban la casa. Los gays siempre fuimos víctimas muy fáciles.

Necesitábamos hacer algo. Así surgió el grupo Nuestro Mundo. Buscando los lugares más ocultos, varias veces nos reunimos en la casilla de un guadabarreras de Gerli. Siempre clandestinos, éramos invisibles como fantasmas en un caserón desierto. En un gesto de audacia, decidimos hacernos conocer a través de los medios. Una periodista de la revista Siete Días nos entrevistó perpleja, a tal punto que nos preguntó: “Pero, ¿ustedes están a favor o en contra de la homosexualidad?” Por esa pequeña nota sobre nuestra existencia, muchos gays nos pidieron que volviéramos al placard: temían una represión aún peor.

La lucha por el hambre. Una marcha convocada por el Partido Comunista en Buenos Aires a fines de la década del 60. Anabitarte, de pullover blanco, con una antorcha.
El escritor Juan José Hernández nos relacionó con otros escritores, periodistas, artistas. Por él conocimos al entrañable Pepe Bianco, que opinaba que lo que hacíamos era un disparate. Sin embargo, prestaba su casa para las reuniones y tradujo al castellano un texto de los Panteras Negras en donde reflexionaban sobre la injusticia de la discriminación hacia los gays.

Cobijados por las paredes del departamento de Blas Matamoro, asistimos a la fundación del Frente de Liberación Homosexual de la Argentina. Lo conformábamos Juan José Sebreli, Martín Bartolomé, Manuel Puig –que donó dólares para ayudar a los presos– y tres o cuatro personas más. Después se sumó Néstor Perlongher con su personalidad arrolladora, y editamos el periódico “Homosexuales”. Empezábamos a dar batalla a cara descubierta.

Antes de la noche del terror, conocimos una breve primavera con Cámpora de presidente. Conseguimos entrar al Congreso y distribuir nuestra publicación en todos los partidos. Queríamos instalar el tema en el ámbito político, por eso nos entrevistamos con los abogados defensores de Montoneros. Brillante respuesta nos dieron: “ No se preocupen, muchachos, los enviaremos a un campo de reeducación como en Cuba”.

Empujados por Perlongher, que pensaba que efectivamente se podía incorporar el movimiento homosexual a la juventud peronista, fuimos a Ezeiza a recibir a Perón. Llevábamos con timidez una pancarta que nos identificaba. Las columnas que venían adelante y atrás dejaron un espacio para no confundirse con nosotros, los putos. Vivíamos de marginación en marginación, pero algunos nos trataban amablemente, sin desprecio. A sus ojos, éramos enfermos, cuando tuviéramos otros intereses –explicaban– nos olvidaríamos de ser homosexuales. Otros grupos mostraban menos cordialidad: nos trataban de maricones de mierda, ya van a ver lo que les va a pasar.

Néstor se esforzaba para que los peronistas nos vieran como aliados. Grave error. Sebreli dio el portazo. Y el coronel Osinde empapeló la ciudad vinculando drogadictos, gays y Montoneros. Enseguida miles de miembros de la Juventud Peronista parecieron aliarse a este oscuro personaje y allí fue cuando empezaron a corear con entusiasmo “ No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de Perón y Montoneros”. La ilusión de ser aceptados se desvanecía como el humo de las bombas que ellos arrojaban.


Pero la represión sí llegó para todos: en 1976 logré exiliarme en España.

No olvidé las viejas luchas, pero debo reconocer que los rostros de los peligros y de las discriminaciones empezaron a cambiar. Creo que el “maricón” ya no es visto como un peligro –no al menos como antes– sino que hay otros “feos, sucios y malos” que ponen en jaque la endeble solidez del sistema.



POR: Héctor Anabitarte Ciudadano Argentino, Reside En España Desde Su Exilio En 1976. CLARIN.COM
ARREGLOS FOTOGRÀFICOS: ALBERTO CARRERA


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