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sábado, 10 de agosto de 2013

POLÌTICA: Kirchnerismo. Fin de siècle - Fin de ciclo o todo recièn comienza?

La frase “fin de ciclo” está levemente relacionada con la del fin de siècle francés, pero suena muy parecido y arrastra muchas reminiscencias de un escenario en decadencia. El concepto de fin de ciclo circuló durante la campaña electoral, relacionándolo con el del kirchnerismo que, como todas las cosas en el tiempo, también tiene un ciclo, que no se sabe cuánto durará aunque pareciera estar más en su comienzo que en el final.


Esa idea de decadencia superficialmente entrelazada a la del fin de un gobierno está muy instalada en algunos opositores. Paradójicamente, el concepto como tal refleja la trascendencia inconsciente que le dan al gobierno que detestan, porque la idea de ciclo no se corresponde con un protagonista intrascendente, sino todo lo contrario. Un ciclo que llega a su fin es un proceso que tiene raíces muy fuertes en la realidad, por lo menos más fuertes que quienes se opusieron a él, que no pudieron ser los responsables de ese final sino, en todo caso, sus beneficiarios.

Resulta sorprendente cómo esta idea de fin de ciclo circuló durante toda la campaña electoral. Forma parte de un pensamiento opositor, quizá muy condicionado emocionalmente por una furia que, además de limitarlo, lo debilita y para el que cualquier excusa da pie para hablar de un fin de ciclo del kirchnerismo.

Este sector del pensamiento, del periodismo, de la política, pronuncia fin de ciclo con cierto regodeo. No hay una lectura desapasionada en esa frase. Hay festejo, aunque también esté reconociendo implícitamente su impotencia.

La estructura de esa idea no puede ser más sencilla: hay fin de ciclo porque en el 2015 se termina el gobierno de Cristina Kirchner y no se puede re-reelegir. Se está reconociendo así que Cristina Kirchner ganaría esas elecciones si se pudiera presentar, pero que por suerte para ellos no puede hacerlo. Ellos mismos estarían diciendo así que si alguno de ellos ganara esas elecciones sería por la suerte de que Cristina Kirchner no se pudo presentar en ellas.

Sobre todo a los menemistas, tanto los que se mantuvieron leales al caudillo riojano, como para los que trataron de camuflarse en el duhaldismo, en el macrismo o en otras variantes, la idea del fin de ciclo les es familiar. Para ellos hubo un fin de ciclo desastroso. Menem tuvo mucho más poder que el kirchnerismo. Le decían El Jefe y lo describían como el estratega más astuto, un imbatible en ese juego. Apenas tuvo disidencia y la que hubo fue muy pequeña o fue más bien suave, porque gobernó con todos los poderes fácticos a su favor, desde la Iglesia, hasta el capital concentrado así como los gobiernos de las potencias, las trasnacionales y los organismos financieros internacionales. Y por supuesto, también tuvo a su favor a los grandes medios de comunicación durante sus primeros ocho años de gobierno. El riojano les habilitó la propiedad cruzada de medios que permitió el surgimiento de los multimedia concentrados.

De esa construcción de poder que parecía indestructible no quedó nada. En poco tiempo fue disuelta y el otrora todopoderoso quedó en soledad y cuarentena, los que antes lo iban a buscar ahora lo eluden y sus seguidores más fieles quedaron aislados como leprosos. Para los menemistas, el fin de ciclo fue algo real. Son los primeros en pensar, pero no los únicos, que si le pasó a Menem le tiene que pasar al kirchnerismo.

En realidad, Menem fue efectivamente apoteosis y final de un ciclo. Su estrella política se correspondió con el ciclo del endeudamiento externo, una era que había comenzado en el golpe de 1976 –aunque ya desde antes presionaba por instalarse–, y que culminó con la crisis del 2001-2002.

Se dice que los procesos económicos y los políticos van más rápido que los procesos culturales. Hay un aspecto en el que el kirchnerismo sí representa el final de una etapa. Ese punto es el de la transición democrática. El kirchnerismo es el último gobierno de la transición porque es el que salda temas que quedaban como resabio de épocas anteriores, como los juicios a los represores de la dictadura y porque es el primero que logra gobernar en democracia sin la tutela condicionante de los poderes fácticos o corporativos, algo que no hicieron sus antecesores, algunos porque no quisieron y otros porque no pudieron.

Pero donde falla la comparación con el fin de ciclo que sepultó a Menem es que el kirchnerismo no es el final sino que es el comienzo de uno nuevo. Cuando Argentina ya no pudo endeudarse, se cayó el sistema de la bicicleta financiera. Eso fue lo que representó Menem y lo que destruyó la economía en la crisis del 2001-2002. El kirchnerismo es el comienzo de la nueva etapa que se abre tras esa caída. Desde el punto de vista cultural tuvo que destruir los valores que fueron hegemónicos durante el menemismo y construir otros, de los cuales se vuelve el portador principal. Esos nuevos valores son los que representarán el cambio a lo largo del tiempo que dure este nuevo ciclo. Algunas de esas ideas centrales son la defensa del Estado frente a la destrucción del neoliberalismo, la integración regional frente a la subordinación a las grandes potencias, la distribución de la renta para alimentar el mercado interno frente a los procesos de concentración y exclusión durante el neoliberalismo. Y en general todas las políticas de ampliación de derechos para los trabajadores, las mujeres y las minorías en general. Es más complejo que eso, porque en cada nicho de hegemonía del neoliberalismo tuvo que disputar un contranicho. Estaba obligado a hacerlo si quería sobrevivir y como las disputas culturales son más lentas que las económicas y las políticas, todavía tiene que seguir haciéndolo.

Esa construcción ideológica será el bagaje del progresismo, del movimiento popular o del centroizquierda durante el nuevo ciclo que se abre y que puede durar treinta o cuarenta años o menos. Para el escenario de la historia, la identidad del kirchnerismo es esa construcción y no otra.


El kirchnerismo ha podido generar una identidad clara que se basa en una renovación de las ideas iniciales del peronismo y el agregado de nuevas ideas. Podría suceder que esa identidad no tuviera su correlato en una estructura consolidada. El kirchnerismo no ha podido amalgamar a todos los sectores que asumen su identidad. Hay diferenciaciones entre el peronismo y los no peronistas y dentro de esos dos campos también hay variedades y matices que todavía obstaculizan objetivamente la confluencia en una organicidad común.

La idea del fin de ciclo apunta a un desbande de las diferentes fuerzas, como sucedió con el menemismo cuando perdió el poder. Sin embargo Menem perdió el poder, pero nunca perdió elecciones y siguió pesando en el peronismo desde el llano. El menemismo desapareció como fuerza porque no podía entender el ciclo que comenzaba, lo que sí hizo el kirchnerismo.

Se insiste en la teoría de que en el peronismo lo único que importa es el poder. Es un factor importante pero no hay antecedente histórico que demuestre que es el único. Perón lideró el movimiento desde España durante 18 años y en la oposición. Y Menem siguió pesando fuera del poder al punto de ganar la primera vuelta de 2003.

Aun en el peor escenario para el kirchnerismo en 2015, en caso de pasar al llano y la oposición, lo haría como una identidad popular muy clara y como un conglomerado de fuerzas diversas pero con el fuerte liderazgo consensuado de Cristina Kirchner. En esa situación, tanto en el peronismo como entre los no peronistas, pasaría a ser la principal fuerza de oposición, la más importante como expresión popular en el centroizquierda y el eje alrededor del cual se tejerían las alianzas en ese espacio. Es una fuerza con 12 años de ejercicio del poder, con más cuadros con experiencia de gestión que ninguna otra y con un masivo sector juvenil que le garantiza proyección en el tiempo.

No hay determinismo que garantice el futuro, pero lo más probable para los que se esperanzaron con la idea de un fin de ciclo del kirchnerismo es que tendrán que prepararse para un largo via crucis, porque todo da la impresión de que el ciclo recién empieza.



POR:  Luis Bruschtein / PAGINA12.COM.AR
FOTOGRAFÌAS: WEB
ARREGLOS: ALBERTO CARRERA

domingo, 28 de julio de 2013

Polìtica: Unidad Nacional para Quièn.....? "Nostalgias de un país unido"

¿Puede la publicidad electoral ser analizada como documento político? Se puede argumentar mucho a favor de una respuesta negativa, especialmente porque la materia de la que está hecha no son los argumentos, ni los relatos ni la reflexión, sino la sugestión que logre producir a favor de determinada fórmula. Sin embargo, queda en pie que el producto que se intenta vender es político, por lo cual la forma está subordinada al objetivo de inducir una determinada conducta política. Además, ¿dónde está escrito que los documentos específicamente políticos manejan solamente recursos argumentativos racionales? Ninguna historia de partido político alguno habilitaría ese hiperracionalismo interpretativo. Puede aceptarse que la publicidad es un lenguaje específico y no se le puede exigir que se someta a cánones estilíticos ajenos a esa condición. No podrá, en ningún caso, ignorarse que el “lenguaje publicitario” termina constituyéndose socialmente en la manera concreta de hablar de un grupo de candidatos.


Vale, entonces, preguntarse por el contenido político de las actuales campañas publicitarias de los partidos políticos. Lo más interesante de ese contenido es, a nuestro juicio, la aparición de un conjunto de spots que discurren alrededor de la unidad y la división entre los argentinos. Está el spot de la parrilla que se vacía de chorizos, el número de cuyos consumidores parece reducirse de reunión en reunión, en la medida en que la política va dividiendo a los amigos. “En un país normal, la política une, no divide, llamalos”, dice la voz en off cerrando el obvio hilo argumental. Hay otro spot que va más allá, hasta imaginar dos países, Argen y Tina, enfrentados por el odio más cerril. Tiene variantes: en una de ellas dos mujeres intercambian “puntos de vista” sobre la inflación; el razonamiento de la que argumenta “en contra” de la inflación es “en Tina con seis pesos nos hacemos una fiesta”, con lo que el problema parece desplazarse de la existencia de dos países al hecho de que uno de ellos ha entrado en estado de locura. Stolbizer y Alfonsín dicen después que vienen a “unir a los argentinos”. Ecos de ese deseo obsesivo de unidad aparecen también en la consigna “Juntos podemos” que curiosamente unió en estos días a la derecha macrista con un sector de la izquierda. Es decir, de lo que se habla es de la unidad nacional.

Claramente, el diagnóstico que presenta la publicidad es que el país está desunido y que esa es la causa de todas las desgracias. No se dice, pero enfáticamente se sugiere, que el culpable de la división es el Gobierno y se remata con que serán los candidatos publicitados los que restablezcan la perdida unidad. La unidad nacional es uno de los problemas centrales de la historia política moderna; los últimos cinco siglos de debate teórico giran en torno de ese problema. ¿Cómo pueden instalarse estados nacionales únicos en territorios poblados de antagonismos étnicos, territoriales, religiosos y sociales? Ese parece ser uno de los enigmas fundamentales. Con el fenómeno de la globalización, el problema ha adquirido un giro aún más dramático y ha puesto en cuestión la viabilidad de los estados nacionales en un mundo “desterritorializado” por las múltiples redes –centralmente las financieras– que lo atraviesan y lo convierten en una unidad global.

Siempre la unidad nacional es una unidad precaria y relativa: ni los más duros regímenes autoritarios se han propuesto la imposible tarea de destruir la pluralidad; siempre han trabajado más bien por someter esa pluralidad a su propio poder. El signo de la unidad es variable: hay unidades nacionales posdictatoriales y posbélicas, las hay pactadas y de hecho, las hay más estables y más inestables. Argentina vive hace tres décadas en el régimen democrático, lo que supone un pacto nacional-constitucional y social para dirimir sus diferencias en los marcos jurídicos preestablecidos. Es un pacto que ha sobrevivido las tensiones más radicales, cuando hace doce años el país vivió el dramático pasaje del derrumbe social más profundo de su historia. Dentro del ciclo de unidad nacional en democracia abierto en 1983, se abrió en los años del descalabro un capítulo específico de la unidad nacional argentina, el capítulo kirchnerista.

En cada etapa concreta, la unidad nacional adopta una forma específica. Esta forma no surge de un acuerdo general espontáneo sino que es una decisión hegemónica. Cuando se trata de pensar esta unidad nacional que estamos transitando es aconsejable remitirnos a sus orígenes, a cuáles fueron las condiciones en las que se gestó y de qué forma se respondió a esas condiciones. Allá por marzo de 2002 se conoció en la Argentina la propuesta de Rudiger Dornbusch (economista ortodoxo estadounidense fallecido poco tiempo después) y Roberto Caballero (chileno) para enfrentar la crisis argentina. Según Clarín del 3 de marzo de ese año, la propuesta consistía “en una virtual intervención externa sobre el gobierno argentino: al menos sobre las palancas de la política fiscal, monetaria y la administración de impuestos”. No era, como pudiera pensarse hoy, un planteo marginal y algo delirante, sino una expresión (acaso particularmente radical) del estado de opinión predominante entre los poderes fácticos que buscaban equilibrar en algún punto la desmadrada situación argentina. Fue el tiempo del default externo y de la disolución interna de la moneda –arrinconada por papelitos con valor oficial que se imprimían desde diferentes provincias– y de la confianza política. De ese estado de cosas hay que hacerse cargo para explicar el ciclo político que entonces comenzó. Un ciclo político al que se le pueden criticar muchas cosas, pero no el no haber recuperado los instrumentos básicos de la autonomía nacional.

Resulta entonces que la apelación nostálgica a la unidad nacional perdida lleva a los orígenes de la experiencia que estamos viviendo por caminos mucho más fructíferos que las apelaciones morales contra las divisiones. En 2003 se gestó una fórmula concreta de unidad nacional. Ya llevamos una década entera viviendo, unidos, bajo esa fórmula. Es bueno dirigir hacia allí la mirada, porque es lo que está en discusión y es lo que seguramente aleja a algunos comensales de algunas parrillas. Esta fórmula tiene un principio central muy simple y muy claro: el Gobierno gobierna. Depositario como es de la voluntad soberana del pueblo, expresada en las mayorías requeridas por la Constitución, el Gobierno no tiene el derecho de gobernar sino la obligación democrática de hacerlo. ¿Eso elimina el sistema de pesos y contrapesos que predica el liberalismo? No, no lo elimina. Simplemente pone el peso del Gobierno en la balanza y lo hace sentir. Este punto es la principal ruptura de la experiencia kirchnerista con el resto de la experiencia democrática de estas tres décadas: la extendida autonomía relativa del gobierno político respecto de los círculos fácticamente poderosos de la Argentina. Otro rasgo saliente de la fórmula es un notorio giro en la manera de interpretar la ya célebre “gobernabilidad”: desde el incendio de fines de 2001 empezó a quedar claro que los equilibrios de la Argentina gobernable no podían ser sostenidos en los inéditos índices de pobreza y marginación entonces alcanzados. La clave de la gobernabilidad dejó de ser el “riesgo país” dictaminado por terapeutas que eran parte de la enfermedad argentina y pasó a ser el nivel de empleo y de recuperación de ingresos por los sectores más vulnerables. Y ese giro tenía que ser acompañado por un brusco cambio de lugar del Estado en el conflicto social argentino: un giro comprometido con la redistribución del ingreso y la apuesta a un nivel de reindustrialización de la economía argentina. La política de memoria, verdad y justicia actuó como un garante ético de la unidad nacional y el relacionamiento internacional regionalmente dirigido del país fue desarrollándose como su reaseguro estratégico en tiempos mundiales crecientemente convulsionados.

Esta unidad nacional es conflictiva. En rigor no hay unidad nacional que no lo sea; lo fue también el menemismo, cuya fórmula excluyente fue la readaptación radical del país a los vientos neoliberales. Solamente que el conflicto de entonces (los trabajadores despedidos, la economía desnacionalizada, la producción acorralada) no tenía la voz social suficientemente potente para hacerse oír. Quienes hoy se sienten perjudicados disponen de enormes recursos de comunicación e influencia social y cultural y los hacen valer, lo que es claramente legítimo y democrático. No existe el “contrapeso” liberal de la acción policial contra la protesta, como lo vemos a diario en las muy liberales democracias europeas. Aquí hay movilizaciones callejeras muy importantes de la oposición sin la más mínima molestia y hay diarios y cadenas noticiosas trabajando 24 horas al día para emponzoñar el clima social; ejercen, a su manera, la libertad de expresión. Claro, hay también mucha actividad del gobierno y de quienes lo apoyan para defender esta fórmula de unidad nacional (y esa actitud movilizadora es otro de los rasgos importantes de la propia fórmula). La pregunta por la unidad nacional interpela también a la propia fuerza de gobierno y a su capacidad de autorrecreación en condiciones cambiantes y de creciente exigencia.

La unidad nacional está críticamente planteada en la campaña electoral. Por ahora más en la forma de una queja o una vaga nostalgia por un ayer que nunca existió que como propuesta política novedosa. Todavía no apareció ningún spot capaz de explicar cómo puede construirse la nueva unidad nacional desde uno de los bandos en los que hoy se reconoce dividida. Allí es donde la “noble bandera” de la unidad nacional debe reconocer su esencia diabólica, irreductible a la virtud moral, es decir su naturaleza irrevocablemente política.


 POR: Edgardo Mocca - PAGINA12.COM.AR
FOTOGRAFÌA: WEB
ARREGLOS: ALBERTO CARRERA


domingo, 21 de julio de 2013

Derecha Argentina, Desorganizada, Desorientada, Desdibujada....De Clarin. La triste realidad de la inexistente oposiciòn polìtica.

Todo está a cielo abierto. Pase, vea y saque sus conclusiones. La “fortaleza” del FAP, que encabezaba Hermes Binner, se redujo a cenizas después que uno de sus socios, el presidente de la UCR, Mario Barletta, le disparara a Dante Caputo, devenido en afiliado a la progresía nativa, un cachafaz y soez “conchudo” que impactó de lleno sobre la línea de flotación del rejunte progresista.


Es tanta la impotencia acumulada que no les basta con agredir al oficialismo.
Ahora se agreden entre ellos.

Atrás quedaron los discursos de que eran “lo nuevo” en la política argentina, “una opción entre el relato kirchnerista y la derecha de Macri” y que patatín y patatán.
Bastó que un socio le dijera a uno de ellos “conchudo” para que se desmoronaran como un castillo de naipes.

Vaya con las convicciones.
¿Se los imagina gobernando nuevamente?
¿Se los imagina repartiendo cargos en los ministerios como si fueran caramelos para calmar a las fieras de la propia interna aunque no sepan nada del arte de gobernar para el pueblo?
¿Se los imagina gestionando y que Magnetto los amenazara con una tapa adversa de Clarín y un vocablo explosivo de mayor poder de daño que la palabra “conchudo”?
Ahora sí que se terminó el ciclo de la progresía reaccionaria y antipopular.
Las fugaces mieses del 2009 ya no volverán.

El “Grupo A” es una pieza de museo de aquellos raros instrumentos que nunca fueron usados. Hoy reeditan esta Alianza minusválida en el cuarto de un hotel porteño que, para colmo, se llama “Uno”. Como el tango de Discepolín.

El “alika-alikate” del herrumbrado de Narváez ya no es la frutilla simpaticona de la guerra destituyente de la patronal rural contra el gobierno popular.
El asunto es más complejo.

Porque en verdad, la oposición quedó anclada en el país del pasado. Siguen aferrados a lo viejo. Sus categorías políticas, su pensamiento anacrónico, pero por sobre todo, su dependencia al Grupo Clarín, hace que no puedan crecer por sus propios medios.

La trayectoria de la derecha está a la vista. En el apuro electoral puede ser que se junten. De coherencia y proyectos, ni mu.


El PRO de Mauricio Macri no pudo construir una opción que, por fuerte y consolidada, se oferte como ordenador de ese espacio ante, por ejemplo, la resaca del pejotismo caudillesco que alguna que otra presencia y arraigo guardaba en provincias y municipios. Terminaron por presentar a un cómico santafesino, a un referí de fútbol cordobés y a un patrón rural entrerriano como las nuevas estrellas de ese firmamento. Lamentable. Y doblemente lamentable para quien enchastra las paredes proponiéndose candidato a presidente en el 2015.

¿Cuál es la propuesta del PRO en esta coyuntura? ¿Contarnos un chiste para hacernos reír, dirigir un partido en el club del barrio, enseñarnos cómo se esconde la soja en un silobolsa?
¿Y el cordobesismo de De la Sota dónde está?
“Silenzio stampa”, diría el Coco Basile.
Tampoco hay espacio ni oxígeno para suponer que una “esperanza blanca” desgarre las entrañas del kirchnerismo, para partirlo primero y darle batalla después.
¿De dónde salieron las luminarias que suponen que la teoría del péndulo sigue viva en el peronismo? No entendieron nada si lo creyeron así.

Hay un proyecto estratégico de país, hay un solo liderazgo nacional y popular y hay un tiempo histórico en la Argentina y en toda la región que explica que las cosas sean así y que sigan así por mucho tiempo. No hay herencia ni descendencia por derecha.
Porque no hay contexto ni ganas de que sea así.
El estallido del FAP y la incapacidad del macrismo como opción triunfal de la derecha es el final del ciclo opositor iniciado en el 2009.

Tendrán que barajar y dar de nuevo.

En tanto el oficialismo, como algunas farmacias, atiende las 24 horas. No baja los brazos ni se duerme en los laureles. No hace uso de la siesta prolongada que bien, podría decirse, se la tiene ganada. No duermen nunca y si lo hacen, tienen siempre un ojo abierto. Por si las moscas.

Y enfrentar a un proyecto político que gobierna desde hace diez años sin perder la frescura ni la iniciativa, te la regalo.

Sólo cabe una tarea: hacer que las próximas elecciones primarias de agosto y las legislativas de octubre, sean una pueblada electoral que exprese la pueblada que hoy se ve en cada pueblo donde está Unidos y Organizados pintando una escuela o arreglando las calles de los barrios más humildes.

Si esa muchachada de La Cámpora, por ejemplo, con toda su energía multiplicadora, logra trocar ese impulso en voto popular, entonces, los días más felices son los que están por venir.

Todo indica que un nuevo ciclo histórico ha comenzado, signado por la horma del zapato que encontró finalmente el país. Ya era hora.


Si esta pulsión se diera, si esta sinapsis política y cultural encendiera todas nuestras luces, no habría que descartar que el kirchnerismo se imponga aún en los distritos donde tiene poco. Córdoba, por ejemplo.

Esto corre a cuenta y riesgo del autor de esta nota.
Es preciso que esta pueblada, a veces bullanguera como el 25 de Mayo pasado y a veces silenciosa, como la de los pibes que militan en los barrios cotidianamente, se transforme en pueblada electoral organizada.

Sería una forma de redignificar la política como una verdadera marea popular.
Pero supongamos que aun así se empate, dios nos libre y nos guarde; en el peor de los casos quedará un reservorio de memoria popular bajo su propio alero atento a superar las tempestades que vengan.
Que se anime la derecha a derogar los derechos conquistados por el pueblo y su gobierno en estos diez años; que se anime a derogar la Asignación Universal por Hijo y el Fútbol para todos; que se anime a reflotar el ALCA.

Si lo hacen, deberán saber desde ahora, que habrá un pueblo en las calles y las plazas que le pertenecen, como le pertenecen todos los derechos conquistados desde Néstor a Cristina.
Todo está a cielo abierto.

Habrá que seguir trabajando para que la democracia crezca sin estar amenazada por ninguno de esos nubarrones que anuncian tempestades.


POR: Jorge Giles - sur.infonews.com
IMAGENES: web
ARREGLOS: Alberto Carrera

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