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domingo, 28 de julio de 2013

Polìtica: Unidad Nacional para Quièn.....? "Nostalgias de un país unido"

¿Puede la publicidad electoral ser analizada como documento político? Se puede argumentar mucho a favor de una respuesta negativa, especialmente porque la materia de la que está hecha no son los argumentos, ni los relatos ni la reflexión, sino la sugestión que logre producir a favor de determinada fórmula. Sin embargo, queda en pie que el producto que se intenta vender es político, por lo cual la forma está subordinada al objetivo de inducir una determinada conducta política. Además, ¿dónde está escrito que los documentos específicamente políticos manejan solamente recursos argumentativos racionales? Ninguna historia de partido político alguno habilitaría ese hiperracionalismo interpretativo. Puede aceptarse que la publicidad es un lenguaje específico y no se le puede exigir que se someta a cánones estilíticos ajenos a esa condición. No podrá, en ningún caso, ignorarse que el “lenguaje publicitario” termina constituyéndose socialmente en la manera concreta de hablar de un grupo de candidatos.


Vale, entonces, preguntarse por el contenido político de las actuales campañas publicitarias de los partidos políticos. Lo más interesante de ese contenido es, a nuestro juicio, la aparición de un conjunto de spots que discurren alrededor de la unidad y la división entre los argentinos. Está el spot de la parrilla que se vacía de chorizos, el número de cuyos consumidores parece reducirse de reunión en reunión, en la medida en que la política va dividiendo a los amigos. “En un país normal, la política une, no divide, llamalos”, dice la voz en off cerrando el obvio hilo argumental. Hay otro spot que va más allá, hasta imaginar dos países, Argen y Tina, enfrentados por el odio más cerril. Tiene variantes: en una de ellas dos mujeres intercambian “puntos de vista” sobre la inflación; el razonamiento de la que argumenta “en contra” de la inflación es “en Tina con seis pesos nos hacemos una fiesta”, con lo que el problema parece desplazarse de la existencia de dos países al hecho de que uno de ellos ha entrado en estado de locura. Stolbizer y Alfonsín dicen después que vienen a “unir a los argentinos”. Ecos de ese deseo obsesivo de unidad aparecen también en la consigna “Juntos podemos” que curiosamente unió en estos días a la derecha macrista con un sector de la izquierda. Es decir, de lo que se habla es de la unidad nacional.

Claramente, el diagnóstico que presenta la publicidad es que el país está desunido y que esa es la causa de todas las desgracias. No se dice, pero enfáticamente se sugiere, que el culpable de la división es el Gobierno y se remata con que serán los candidatos publicitados los que restablezcan la perdida unidad. La unidad nacional es uno de los problemas centrales de la historia política moderna; los últimos cinco siglos de debate teórico giran en torno de ese problema. ¿Cómo pueden instalarse estados nacionales únicos en territorios poblados de antagonismos étnicos, territoriales, religiosos y sociales? Ese parece ser uno de los enigmas fundamentales. Con el fenómeno de la globalización, el problema ha adquirido un giro aún más dramático y ha puesto en cuestión la viabilidad de los estados nacionales en un mundo “desterritorializado” por las múltiples redes –centralmente las financieras– que lo atraviesan y lo convierten en una unidad global.

Siempre la unidad nacional es una unidad precaria y relativa: ni los más duros regímenes autoritarios se han propuesto la imposible tarea de destruir la pluralidad; siempre han trabajado más bien por someter esa pluralidad a su propio poder. El signo de la unidad es variable: hay unidades nacionales posdictatoriales y posbélicas, las hay pactadas y de hecho, las hay más estables y más inestables. Argentina vive hace tres décadas en el régimen democrático, lo que supone un pacto nacional-constitucional y social para dirimir sus diferencias en los marcos jurídicos preestablecidos. Es un pacto que ha sobrevivido las tensiones más radicales, cuando hace doce años el país vivió el dramático pasaje del derrumbe social más profundo de su historia. Dentro del ciclo de unidad nacional en democracia abierto en 1983, se abrió en los años del descalabro un capítulo específico de la unidad nacional argentina, el capítulo kirchnerista.

En cada etapa concreta, la unidad nacional adopta una forma específica. Esta forma no surge de un acuerdo general espontáneo sino que es una decisión hegemónica. Cuando se trata de pensar esta unidad nacional que estamos transitando es aconsejable remitirnos a sus orígenes, a cuáles fueron las condiciones en las que se gestó y de qué forma se respondió a esas condiciones. Allá por marzo de 2002 se conoció en la Argentina la propuesta de Rudiger Dornbusch (economista ortodoxo estadounidense fallecido poco tiempo después) y Roberto Caballero (chileno) para enfrentar la crisis argentina. Según Clarín del 3 de marzo de ese año, la propuesta consistía “en una virtual intervención externa sobre el gobierno argentino: al menos sobre las palancas de la política fiscal, monetaria y la administración de impuestos”. No era, como pudiera pensarse hoy, un planteo marginal y algo delirante, sino una expresión (acaso particularmente radical) del estado de opinión predominante entre los poderes fácticos que buscaban equilibrar en algún punto la desmadrada situación argentina. Fue el tiempo del default externo y de la disolución interna de la moneda –arrinconada por papelitos con valor oficial que se imprimían desde diferentes provincias– y de la confianza política. De ese estado de cosas hay que hacerse cargo para explicar el ciclo político que entonces comenzó. Un ciclo político al que se le pueden criticar muchas cosas, pero no el no haber recuperado los instrumentos básicos de la autonomía nacional.

Resulta entonces que la apelación nostálgica a la unidad nacional perdida lleva a los orígenes de la experiencia que estamos viviendo por caminos mucho más fructíferos que las apelaciones morales contra las divisiones. En 2003 se gestó una fórmula concreta de unidad nacional. Ya llevamos una década entera viviendo, unidos, bajo esa fórmula. Es bueno dirigir hacia allí la mirada, porque es lo que está en discusión y es lo que seguramente aleja a algunos comensales de algunas parrillas. Esta fórmula tiene un principio central muy simple y muy claro: el Gobierno gobierna. Depositario como es de la voluntad soberana del pueblo, expresada en las mayorías requeridas por la Constitución, el Gobierno no tiene el derecho de gobernar sino la obligación democrática de hacerlo. ¿Eso elimina el sistema de pesos y contrapesos que predica el liberalismo? No, no lo elimina. Simplemente pone el peso del Gobierno en la balanza y lo hace sentir. Este punto es la principal ruptura de la experiencia kirchnerista con el resto de la experiencia democrática de estas tres décadas: la extendida autonomía relativa del gobierno político respecto de los círculos fácticamente poderosos de la Argentina. Otro rasgo saliente de la fórmula es un notorio giro en la manera de interpretar la ya célebre “gobernabilidad”: desde el incendio de fines de 2001 empezó a quedar claro que los equilibrios de la Argentina gobernable no podían ser sostenidos en los inéditos índices de pobreza y marginación entonces alcanzados. La clave de la gobernabilidad dejó de ser el “riesgo país” dictaminado por terapeutas que eran parte de la enfermedad argentina y pasó a ser el nivel de empleo y de recuperación de ingresos por los sectores más vulnerables. Y ese giro tenía que ser acompañado por un brusco cambio de lugar del Estado en el conflicto social argentino: un giro comprometido con la redistribución del ingreso y la apuesta a un nivel de reindustrialización de la economía argentina. La política de memoria, verdad y justicia actuó como un garante ético de la unidad nacional y el relacionamiento internacional regionalmente dirigido del país fue desarrollándose como su reaseguro estratégico en tiempos mundiales crecientemente convulsionados.

Esta unidad nacional es conflictiva. En rigor no hay unidad nacional que no lo sea; lo fue también el menemismo, cuya fórmula excluyente fue la readaptación radical del país a los vientos neoliberales. Solamente que el conflicto de entonces (los trabajadores despedidos, la economía desnacionalizada, la producción acorralada) no tenía la voz social suficientemente potente para hacerse oír. Quienes hoy se sienten perjudicados disponen de enormes recursos de comunicación e influencia social y cultural y los hacen valer, lo que es claramente legítimo y democrático. No existe el “contrapeso” liberal de la acción policial contra la protesta, como lo vemos a diario en las muy liberales democracias europeas. Aquí hay movilizaciones callejeras muy importantes de la oposición sin la más mínima molestia y hay diarios y cadenas noticiosas trabajando 24 horas al día para emponzoñar el clima social; ejercen, a su manera, la libertad de expresión. Claro, hay también mucha actividad del gobierno y de quienes lo apoyan para defender esta fórmula de unidad nacional (y esa actitud movilizadora es otro de los rasgos importantes de la propia fórmula). La pregunta por la unidad nacional interpela también a la propia fuerza de gobierno y a su capacidad de autorrecreación en condiciones cambiantes y de creciente exigencia.

La unidad nacional está críticamente planteada en la campaña electoral. Por ahora más en la forma de una queja o una vaga nostalgia por un ayer que nunca existió que como propuesta política novedosa. Todavía no apareció ningún spot capaz de explicar cómo puede construirse la nueva unidad nacional desde uno de los bandos en los que hoy se reconoce dividida. Allí es donde la “noble bandera” de la unidad nacional debe reconocer su esencia diabólica, irreductible a la virtud moral, es decir su naturaleza irrevocablemente política.


 POR: Edgardo Mocca - PAGINA12.COM.AR
FOTOGRAFÌA: WEB
ARREGLOS: ALBERTO CARRERA


domingo, 21 de julio de 2013

Derecha Argentina, Desorganizada, Desorientada, Desdibujada....De Clarin. La triste realidad de la inexistente oposiciòn polìtica.

Todo está a cielo abierto. Pase, vea y saque sus conclusiones. La “fortaleza” del FAP, que encabezaba Hermes Binner, se redujo a cenizas después que uno de sus socios, el presidente de la UCR, Mario Barletta, le disparara a Dante Caputo, devenido en afiliado a la progresía nativa, un cachafaz y soez “conchudo” que impactó de lleno sobre la línea de flotación del rejunte progresista.


Es tanta la impotencia acumulada que no les basta con agredir al oficialismo.
Ahora se agreden entre ellos.

Atrás quedaron los discursos de que eran “lo nuevo” en la política argentina, “una opción entre el relato kirchnerista y la derecha de Macri” y que patatín y patatán.
Bastó que un socio le dijera a uno de ellos “conchudo” para que se desmoronaran como un castillo de naipes.

Vaya con las convicciones.
¿Se los imagina gobernando nuevamente?
¿Se los imagina repartiendo cargos en los ministerios como si fueran caramelos para calmar a las fieras de la propia interna aunque no sepan nada del arte de gobernar para el pueblo?
¿Se los imagina gestionando y que Magnetto los amenazara con una tapa adversa de Clarín y un vocablo explosivo de mayor poder de daño que la palabra “conchudo”?
Ahora sí que se terminó el ciclo de la progresía reaccionaria y antipopular.
Las fugaces mieses del 2009 ya no volverán.

El “Grupo A” es una pieza de museo de aquellos raros instrumentos que nunca fueron usados. Hoy reeditan esta Alianza minusválida en el cuarto de un hotel porteño que, para colmo, se llama “Uno”. Como el tango de Discepolín.

El “alika-alikate” del herrumbrado de Narváez ya no es la frutilla simpaticona de la guerra destituyente de la patronal rural contra el gobierno popular.
El asunto es más complejo.

Porque en verdad, la oposición quedó anclada en el país del pasado. Siguen aferrados a lo viejo. Sus categorías políticas, su pensamiento anacrónico, pero por sobre todo, su dependencia al Grupo Clarín, hace que no puedan crecer por sus propios medios.

La trayectoria de la derecha está a la vista. En el apuro electoral puede ser que se junten. De coherencia y proyectos, ni mu.


El PRO de Mauricio Macri no pudo construir una opción que, por fuerte y consolidada, se oferte como ordenador de ese espacio ante, por ejemplo, la resaca del pejotismo caudillesco que alguna que otra presencia y arraigo guardaba en provincias y municipios. Terminaron por presentar a un cómico santafesino, a un referí de fútbol cordobés y a un patrón rural entrerriano como las nuevas estrellas de ese firmamento. Lamentable. Y doblemente lamentable para quien enchastra las paredes proponiéndose candidato a presidente en el 2015.

¿Cuál es la propuesta del PRO en esta coyuntura? ¿Contarnos un chiste para hacernos reír, dirigir un partido en el club del barrio, enseñarnos cómo se esconde la soja en un silobolsa?
¿Y el cordobesismo de De la Sota dónde está?
“Silenzio stampa”, diría el Coco Basile.
Tampoco hay espacio ni oxígeno para suponer que una “esperanza blanca” desgarre las entrañas del kirchnerismo, para partirlo primero y darle batalla después.
¿De dónde salieron las luminarias que suponen que la teoría del péndulo sigue viva en el peronismo? No entendieron nada si lo creyeron así.

Hay un proyecto estratégico de país, hay un solo liderazgo nacional y popular y hay un tiempo histórico en la Argentina y en toda la región que explica que las cosas sean así y que sigan así por mucho tiempo. No hay herencia ni descendencia por derecha.
Porque no hay contexto ni ganas de que sea así.
El estallido del FAP y la incapacidad del macrismo como opción triunfal de la derecha es el final del ciclo opositor iniciado en el 2009.

Tendrán que barajar y dar de nuevo.

En tanto el oficialismo, como algunas farmacias, atiende las 24 horas. No baja los brazos ni se duerme en los laureles. No hace uso de la siesta prolongada que bien, podría decirse, se la tiene ganada. No duermen nunca y si lo hacen, tienen siempre un ojo abierto. Por si las moscas.

Y enfrentar a un proyecto político que gobierna desde hace diez años sin perder la frescura ni la iniciativa, te la regalo.

Sólo cabe una tarea: hacer que las próximas elecciones primarias de agosto y las legislativas de octubre, sean una pueblada electoral que exprese la pueblada que hoy se ve en cada pueblo donde está Unidos y Organizados pintando una escuela o arreglando las calles de los barrios más humildes.

Si esa muchachada de La Cámpora, por ejemplo, con toda su energía multiplicadora, logra trocar ese impulso en voto popular, entonces, los días más felices son los que están por venir.

Todo indica que un nuevo ciclo histórico ha comenzado, signado por la horma del zapato que encontró finalmente el país. Ya era hora.


Si esta pulsión se diera, si esta sinapsis política y cultural encendiera todas nuestras luces, no habría que descartar que el kirchnerismo se imponga aún en los distritos donde tiene poco. Córdoba, por ejemplo.

Esto corre a cuenta y riesgo del autor de esta nota.
Es preciso que esta pueblada, a veces bullanguera como el 25 de Mayo pasado y a veces silenciosa, como la de los pibes que militan en los barrios cotidianamente, se transforme en pueblada electoral organizada.

Sería una forma de redignificar la política como una verdadera marea popular.
Pero supongamos que aun así se empate, dios nos libre y nos guarde; en el peor de los casos quedará un reservorio de memoria popular bajo su propio alero atento a superar las tempestades que vengan.
Que se anime la derecha a derogar los derechos conquistados por el pueblo y su gobierno en estos diez años; que se anime a derogar la Asignación Universal por Hijo y el Fútbol para todos; que se anime a reflotar el ALCA.

Si lo hacen, deberán saber desde ahora, que habrá un pueblo en las calles y las plazas que le pertenecen, como le pertenecen todos los derechos conquistados desde Néstor a Cristina.
Todo está a cielo abierto.

Habrá que seguir trabajando para que la democracia crezca sin estar amenazada por ninguno de esos nubarrones que anuncian tempestades.


POR: Jorge Giles - sur.infonews.com
IMAGENES: web
ARREGLOS: Alberto Carrera

domingo, 11 de noviembre de 2012

8N EL DESPUÈS. MARCHAS Y CACEROLAS. POSTALES DE LA INDECENCIA

El 8 del 46 y el 7 del 100
Esta semana la agenda política argentina estuvo atravesada, sin dudas, por el episodio “8N” si bien las principales preguntas que rodean a esta movilización vienen siendo debatidas, al menos, desde el último cacerolazo del 13 de septiembre. 


La cuestión de la espontaneidad como motivación romántica y sincera frente al carácter organizacional y, por ello, presuntamente calculado, interesado y direccionado propio de la actividad política, ha sido uno de los principales tópicos. Como suele ocurrir, este tipo de dicotomías son falsas en la práctica y conceptualmente insostenibles. Porque está claro que no se puede hablar de espontaneidad cuando desde hace casi dos meses, los políticos opositores, las redes sociales y los medios antikirchneristas se refieren continuamente al 8N o bien como el día del Armagedón o bien como el momento refundacional de la Argentina republicana frente al populismo. Pero finalmente ese no es el eje de la cuestión. Dígase entonces que todo lo que rodea a esta fecha no ha sido fruto de la espontaneidad pero eso no necesariamente le quita mérito u honestidad a la protesta. En otras palabras, sería falaz analizar la calidad del reclamo por el modo en que este se ha manifestado en la calle. Así, un reclamo espontáneo puede ser “equivocado” y antidemocrático o “correcto” y democrático tanto como lo puede ser cualquier reivindicación que se dé en el marco de una manifestación perfectamente organizada y calculada.


Una cuestión más interesante es la de preguntarse qué proporción de esos manifestantes son votantes kirchneristas desencantados. Encuestadores serios afirmaron que la del 13 de septiembre fue una manifestación de los que en octubre de 2011 votaron a un candidato no kirchnerista y parece bastante plausible tal conclusión pues más allá del accidente de Once o la dificultad para comprar dólares, no parece haber habido muchos más episodios novedosos que pudieran haber hecho cambiar de parecer a un votante kirchnerista de clase baja y media. De hecho, el slogan más repetido es “somos el 46%”, número que da cuenta de una identidad determinada por la elección de 2011, y no se ha visto cartelería con afirmaciones como “yo era del 54%”. En esta línea todavía es muy pronto para un análisis acerca de las características de los convocados del 8N pero si se hace hincapié en los que llamaron a la movilización, resulta claro que los principales organizadores son aquellos que tenían una posición tomada frente al kirchnerismo desde hace mucho, mucho, pero mucho tiempo, quizás, incluso, antes de que el propio kirchnerismo existiera. Pero, una vez más, esto no hace a la movilización ni mejor ni peor pues ese 46% no kirchnerista tiene todo el derecho a expresarse y hasta incluso puede que tenga buenas razones para hacerlo.


Pero más allá de estos aspectos existen otras cuestiones, a saber: ¿es esta movilización el hito que marca la unidad de la oposición en la Argentina? Difícil saberlo pero me temo que no. ¿Por qué? Porque los une el espanto ante el kirchnerismo y ese espanto no logra acordar una agenda propositiva o encarrilarse detrás de un único candidato que pueda corporizar esa agenda. En este sentido, el gran arco de los opositores argentinos desde el Pro hasta el desdibujado y tibio socialismo, puede ser el receptáculo de una visión antipolítica y administrativa de la política pues ellos mismos la promueven. Pero de ahí a que uno de sus candidatos pueda recibir homogéneamente ese caudal de votos antikirchneristas, hay un abismo.

Ahora bien, como de todos estos asuntos ya se ha dicho demasiado, es preferible centrarse en una operación discursiva mucho más sutil, esto es, la que busca equiparar el 8N con el 7D como si se tratara de dos códigos equivalentes y válidos para el recordado juego de mesa de “La Batalla Naval”.


La trampa está en suponer que cada uno de estos días representa una fecha emblemática para las dos grandes facciones que aparentemente se enfrentan en la Argentina. Así, la movilización del 8N representaría la demostración de fuerza de esa (casi) mitad de la población antikirchnerista y el 7D, día en que cae la medida cautelar que protege al Grupo Clarín, vendría a ser la fecha clave de esa otra “algo excedida” mitad. La operación es bastante obvia. Primero se trata de dividir la realidad argentina en mitades, como si el arco antikirchnerista ya hubiera encontrado su Capriles autóctono. Pero es más, en segundo término, aun si se concediese que el estar unidos por el espanto hacia lo kirchnerista transforma a la movilización del 8N en representativa de una homogénea facción, ¿sucede lo mismo con el 7D? Es decir, ¿se puede reducir tal fecha al momento de “la batalla final” entre el Grupo Clarín y el Gobierno? Sin duda, tal reducción es ingenua o interesada y se hace tanto desde el propio Clarín que acusa al Gobierno de atentar contra el grupo por ser “el único opositor”, como de aquellos periodistas que desean representar una generación nueva, una suerte de periodistas “post-independientes”, es decir, periodistas que no están ni con el “periodismo militante del gobierno” ni con el “periodismo independiente” de Clarín.



Pero por distintas razones unos y otros se equivocan pues el 7D no es el día emblemático en que la facción K pretende celebrar una victoria propia pues lo que está en juego ahí trasciende al gobierno de turno. Dicho de otra manera, todos sabemos que el gran adversario político del kirchnerismo no es otro partido político sino ese poder cultural y económico que es representado por Clarín. Pero el 7D no es el momento en que CFK y Magnetto se enfrentan con espadas láser verdes y rojas. Es el momento en que una ley democrática entrará en vigor sometiendo al poder fáctico más importante de la Argentina. En este sentido, por un lado, la clase política opositora debiera entender que lo que está en juego es la maduración de la democracia argentina y que esta fecha se transformará en un hito que servirá a los futuros gobiernos sean kirchneristas, radicales, socialistas o residuales peronistas. Porque el hecho de que la decisión la tome el poder político garantiza que quien es elegido por el pueblo tendrá la potestad de diseñar un proyecto de país sin el condicionamiento de aquel poder que operó desde las sombras y determinó políticas de Estado a pesar de nunca ser validado en elecciones libres.


Pero por otro lado, también los manifestantes, aquellos que sinceramente creen tener razones para hacer sonar su cacerola, debieran reflexionar acerca del modo en que su reclamo acaba siendo funcional a intereses que largamente los trascienden. Porque de no aproximarse el 7D, sin dudas, no habría 8N, y tal afirmación no es una perogrullada de calendario en mano. La prueba de ello estará en los días que vienen y usted, cacerolero medio y honesto, lo verá cuando lea el diario y le informen que, sin saberlo, participó de una epopeya ciudadana a favor de la libertad de expresión.

Cuando eso suceda, quizás se sienta engañado, orgulloso o no le importe, pero ojalá le sirva de lección para aprender que a veces unas buenas razones particulares para protestar deben quedar entre paréntesis si se percibe que pueden ser manipuladas. En este sentido, le harán creer que su reclamo puntual es el mismo que el del 46% de la gente y que este, a su vez, coincide con los intereses de las grandes corporaciones. Incluso le dirán que usted ya no pertenece a un 46% perdedor sino que, “como indican las últimas encuestas”, ya está del lado de ese 50% más uno que quiere un país distinto. Pero no se deje engañar: lo que sucederá en diciembre será una conquista para el 100% de los ciudadanos argentinos, incluso para ese porcentaje fervientemente antikirchnerista. Lo del 8N, en cambio, es la manifestación de una facción heterogénea que incluye algunos reclamos no necesariamente antidemocráticos pero que será utilizada por las grandes corporaciones económicas para seguir sosteniendo un lugar de poder que excede largamente los límites de las leyes democráticas. Porque recuerde bien: si estas corporaciones ganan, no pierden nada más que los kirchneristas. Pierde usted y pierden todos los argentinos.


Macri y el espejo de Capriles
 
Miguel del Sel se reunió con la oposición venezolana. El PRO valora dos aspectos del antichavismo: haber logrado la unidad y la construcción de su nuevo relato.

El humorista y principal carta electoral del PRO en Santa Fe, Miguel del Sel, estuvo esta semana en Caracas para tomar nota sobre cómo el antichavismo disputa la campaña nacional por los comicios generales de octubre. En principio, el ex capómico del trío Midachi sería recibido por el candidato presidencial de la Mesa de Unidad Democrática (MUD) Henrique Capriles pero, finalmente, Del Sel tuvo que conformarse con otra agenda de reuniones que incluyó al alcalde caraqueño Antonio Ledesma y al ex número uno de la MUD, el diputado de Primero Justicia Julio Borges. Seguramente, aparte de recibir consejos de dos viejos zorros de la política local como Ledesma y Borges, Del Sel tuvo tiempo para pasear por la capital venezolana, disfrutar de un clásico de la comida criolla como las arepas y visitar los enormes shoppings de la zona este, donde vive la gente más pudiente, clásico bastión político de la oposición. Pero, lo que más le debe haber llamado la atención al humorista santafesino es el tono discursivo de la nueva oposición venezolana, que en sus afiches propagandísticos asegura estar: “Abajo y a la izquierda”.

Por otro lado, más allá de la notable metamorfosis del relato de la derecha venezolana, hay otra cualidad del modelo 2012 antichavista que hoy es reivindicado por el macrismo. Esta semana, sin ir más lejos, varios dirigentes de primera línea del PRO advirtieron que el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires puede ser “el Henrique Capriles argentino”. Además, esta corriente del partido amarillo desea que Mauricio Macri encabece la boleta a diputados el año próximo en la provincia de Buenos Aires para cosechar más legisladores propios y así desalentar la posibilidad de que avance un proyecto de reforma de la carta magna en el Poder Legislativo. En ese sentido, la idea de no descuidar la presencia parlamentaria para horadar la fuerza del oficialismo –Capriles acaba de prometer “llenar de opositores la Asamblea Nacional”– se instaló con fuerza en la región cuando el antichavismo boicoteó una elección intermedia sin ningún resultado en concreto.

Volviendo al raid de Miguel del Sel por la capital venezolana, es posible conjeturar que el ex ladero de Susana Giménez le haya traído al jefe de marketing del PRO, Jaime Durán Barba, algún souvenir de la sorprendente campaña electoral del antichavismo. Esta semana, por ejemplo, Caracas fue tapizada con carteles de la MUD donde Capriles reivindica “las misiones sociales” del chavismo y el “ejemplo de Lula” como modelo suramericano a seguir. ¿Por qué la derecha caribeña, tan líquida y posmoderna en su relato como el PRO, ha apostado tanto por fingir lo que no es? Según Luis Hernández Navarro, corresponsal del diario mexicano La Jornada en Venezuela, la respuesta es muy simple: “En la Venezuela de hoy no está de moda ser de derecha. A pesar de ser un empresario de derecha, el líder de la MUD se presenta en público, una y otra vez, como un hombre progresista, como un político que, según el encuestólogo Germán Campos, busca recuperar el discurso de Chávez, pero desde la acera de enfrente”.


Por último, varios dirigentes bolivarianos vienen anticipando un escenario electoral que, de concretarse, no dejará bien parado al PRO ni a ninguna herramienta partidaria continental que reivindique a Capriles como modelo a seguir. Periodistas con buena llegada al Palacio Miraflores, como el cronista y ex vicepresidente José Vicente Rangel o el ex fundador de Telesur Aran Aharonian, vienen advirtiendo las últimas semanas que la oposición venezolana declarará “fraude” y “la necesidad de una intervención institucional de la OEA” en caso de que pierdan por menos de quince puntos el próximo 7 de octubre. “Ya se publicita a voz en cuello un plan para desconocer los resultados electorales. Ricardo Haussman, asesor de Capriles, adelantó que la oposición va a dar a conocer sus propios resultados en la noche del 7 de octubre”, detalló días atrás Aharonian en un artículo titulado “Por las buenas o por las malas también”. En apenas tres semanas quedará clarificado por cuál camino optó Capriles y si alguno, en definitiva, le reportó algún resultado digno de querer imitar a fuerzas como el macrismo.

POR: Dante Augusto Palma / INFONEWS.COM
           Emiliano Guido / SUR.INFONEWS.COM
           FOTOS: MEDIOS VARIOS
           ARREGLOS: ALBETO CARRERA 


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