domingo, 3 de julio de 2011

Las carrozas de Chueca

Una de las fiestas más esperadas en Madrid todos los años es la del Orgullo Gay. Todo el mundo acude al barrio de Chueca, de todas las condiciones sociales y sexuales, y Chueca se deja oír y sentir con sus carrozas y su aire de libertad. Seguramente este barrio ha llegado a ser lo que es hoy, cosmopolita y vanguardista, desenfadado y alegre, por haberse convertido en el corazón del mundo gay, como el barrio de Castro en San Francisco, por poner un ejemplo algo lejano, zonas donde uno sabe que va a encontrar una vida relajada, cafés bonitos, las últimas tendencias en ropa, zapatos y peluquería, gente que vaga en una existencia sin tantas paredes ni aristas. Pero Chueca me gusta más que Castro porque tiene más vida, es más natural, no se ha dejado dominar por la sofisticación. Hay más mezcla y una muestra de los ejemplares de nuestra sufrida sociedad casi al completo: ancianos, niños, familias de heteros y familias gais, todo tipo de nacionalidades y colores, parados y otros que ganan una pasta gansa.

Desde que esta plaza se convirtió en bandera arcoíris las casas se reformaron, los locales se modernizaron, los pisos subieron de precio y se revalorizaron y se hizo conocida fuera de nuestras fronteras. Se convirtió en marca internacional. Chueca viaja por el planeta como una tentación más para venir a Madrid. Visitar el Museo del Prado y tomarse una copa en Chueca es obligado para cualquier turista, gay o no, porque Chueca no es un añadido a la ciudad, no es un invento, sino que está completamente incrustada en el pueblo y la vida corriente, y eso la envuelve en un gran encanto.

Nadie puede negar que la fiesta del Orgullo atrae a muchos visitantes y muchos euros. Hace caja. Por eso no se entiende la polémica del ruido y la fracasada parafernalia de los auriculares para escuchar la música. Esta celebración ha hecho tanto por ese barrio y por Madrid que bien se puede soportar un rato de jolgorio una vez al año. Y además jamás me he tropezado con nadie que se queje, más bien todo lo contrario, los madrileños siempre están deseando lanzarse a la calle para divertirse. Y a los que no les gusta no les molesta que lo pasen bien otros. Las verbenas y fiestas populares de San Isidro, San Antonio de la Florida, la Paloma... han resurgido para, precisamente, hacer pueblo, calle, tradición. Necesitamos olvidarnos juntos de los problemas y reconocernos en lo básico.

Porque todo el mundo tiene ganas de dejar de ser formal y de desmadrarse. Qué liberación dejar de ver el cuerpo propio y ajeno como algo serio y solemne como si estuviésemos mirando un retablo. ¿Por qué no divertirse con él poniéndose en los pies unas plataformas de medio metro, volantes y plumas? ¿Por qué no echarle narices y pasearse por la calle en tanga independientemente de la caída de los glúteos? Es algo que va más allá del sexo y que tiene que ver con exponerse, con curarse de una vez por todas del pudor y del miedo a uno mismo y a los demás. Es perder susceptibilidad y ganar en comprensión.

Tampoco se entienden las quejas por la acampada de Sol del 15-M. Se hizo circular hasta la saciedad que la plaza estaba dando una mala imagen de España en el extranjero. Ya sabemos cómo está la imagen de nuestro país por ahí fuera. Precisamente en esos días viajé por varios países europeos y de lo único que se hablaba con admiración era de lo que ocurría en la Puerta del Sol. El 15-M también se ha convertido en una buena marca, envuelta en frescura, indignación, atrevimiento y frases ingeniosas. Una de mis preferidas es: "el secreto está en la masa". En cuanto a los comerciantes que bordean la plaza, y a quienes se les atribuyen mil quejas, seguramente nunca habrán vendido tantas botellas de agua, ni bebidas, ni comida, ni lotería (a un indignado acampado le tocó). Cuanta más gente, más posibilidades de vender.

Y ahora, para desengrasar, tenemos la visita de Benedicto XVI, el papa. ¿Otra vez? Da la impresión de que no sale de la piel de toro. Viene tanto que ya no es noticia, y si no es noticia y no nos proyecta hacia las dimensiones siderales del consumo católico, ¿de qué sirve el dineral que nos cuesta Su Santidad? Para el que no pueda pasarse sin verle, Roma está aquí al lado. De paso podrá disfrutar de una de las ciudades más hermosas y alegres del mundo.

POR: ELPAIS

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